sábado, 7 de diciembre de 2013

Mateo 9,35-38.10,1.5a.6-8.

Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias. 
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.

 Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha." 
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de curar cualquier enfermedad o dolencia.
A estos Doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones:
Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el Reino de los Cielos está cerca.
Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente.

Jesús recorría las ciudades, enseñaba en las sinagogas y curaba enfermedades y dolencias. 

Jesús iba al encuentro de la gente.

No iba como quien  invita a un espectáculo: ¡¡vengan a la sinagoga, ahí les mostraré lo que soy!!  No, iba al encuentro de la gente, de sus dolencias, de sus penas, de sus sonrisas y amarguras. Iba a donde estaban para mirarle a los ojos, para decirle que había un futuro mejor, para decirle cara a cara que Dios les ama, que se puede ser feliz, que la vida es hermosa y hay que vivirla no como algo que pasa irremediablemente, sino que es hermosa porque es hecha por Dios. Para decirles que Dios ama la vida, la salud, que ese es el estado natural, no el dolor, ni la enfermedad. Que hay un Dios poderoso que es mayor que cualquier mal.

Y se conmovía, porque eran muchos, porque los líderes espirituales estaban lejos de ellos, porque a Dios se lo veía solo como esa parte vertical de la cruz, hacia arriba, que nunca se abría los brazos hacia los hermanos, que nunca había prioridad para con nadie… y Él llegó hasta el corazón de la gente, los curó , los sanó, acarició sus heridas, dejó en ellos una huella imborrable… y se conmovió porque veía un pueblo que iba de aquí para allá como ovejas sin pastor, esperando escuchar una voz amiga y certera que les diga por donde y hacia dónde ir.


Es lo que hace a diario en nuestra vida. viene a ella, cura nuestras heridas, nos regala su mirada, nos dice cuanto nos ama, nos trae alegría, es el descanso para nuestra alma, para nuestra lucha diaria, es el regocijo de nuestro corazón muchas veces cansado, es la paz en medio del odio, es la unión entre tantos que buscan la pelea, la distancia, la separación.

Y nos pide luego que lo ayudemos, como aquella vez comprometió a sus apóstoles en la tarea. No nos pide que vayamos con amenazas de castigo eterno, ni llevando una imagen de un Dios castigador…nos pide que proclamemos con nuestra vida la grandeza de Jesús, la maravilla que Jesús obró en nuestras fibras más íntimas.


Tal vez, el adviento que vivimos y la Navidad que está próxima, nos impulsen a dejarnos conquistar nuevamente por la mirada de Jesús que viene a nuestro encuentro, y nos decidamos a ayudarle en hacer de este mundo, un mundo más humano, donde seamos hermanos y no enemigos, que en cada familia se respire paz, que yo llevo, que se respire unión, que yo transmito, que se viva el amor que yo vivo y del cual soy parte.


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