sábado, 11 de enero de 2014

Lucas 5,12-16.

Mientras Jesús estaba en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra. Al ver a Jesús, se postró ante él y le rogó: "Señor, si quieres, puedes purificarme". 
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Lo quiero, queda purificado". Y al instante la lepra desapareció.
El le ordenó que no se lo dijera a nadie, pero añadió: "Ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio".
Su fama se extendía cada vez más y acudían grandes multitudes para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades.
Pero él se retiraba a lugares desiertos para orar.


La lepra era considerada un castigo de Dios. Los leprosos vivían aislados,( la lepra era una enfermedad muy contagiosa), separados del resto, excluidos, enfermos de la piel y enfermos de soledad, abandonados a su suerte. El que tocaba a un leproso quedaba impuro.

 ¡Cuántos males que ocasionaba esta enfermedad!.

Muchos hospitales nuestros, tienen pacientes muy enfermos, y que además están solos porque por un motivo u otro, la familia, los amigos, lo abandonaron. Y pasan las fiestas solos, su cumpleaños, solo, los domingos, solos… compartiendo quizás con su vecino de cama, la alegría de un progreso y la tristeza de cada partida. Los médicos, los enfermeros, saben que en el tiempo, la enfermedad ocupa casi un 30 o 40% del mal, y la soledad, la ausencia de seres queridos, ocupa el resto.

Y estos pobres hombres y mujeres, peor. La enfermedad del espanto. Y aparte la soledad: el ver a un hijo o hija que desde lejos le dejan un plato de comida y ni siquiera poder correr a darle un abrazo. Los padres que los miran desde lejos, y ellos con túnicas que les tapaban toda la cara, saludarles sin más, queriendo compartirles algo y no poder…

¡Cuántos males le cura Jesús!.

La lepra, cayó rendida a sus pies.

La exclusión, la falta de compañía, murieron con Jesús. Él, lo insertó de nuevo en la sociedad, en su familia, a sus amigos.

 Le curó la culpa de sentirse castigado por Dios, le tocó su rostro perforado, diciéndole: yo te quiero, para mí , vales la pena, me juego por vos, no tengo miedo a
contagiarme de tu mal, la fuerza del bien es mayor que la fuerza del mal que te domina… Rebeldía de Dios ante el “orden” del mal, rebeldía del hombre que saltó las vallas y corrió al encuentro del Maestro aunque no debía.

Cuantas enseñanzas nos deja esta Palabra. Debemos ser un poco más rebeldes contra el mal que nos domina. Saltar las vallas del “no se puede”, del “todos lo hacen”, es “algo común”. Saltar las vallas de la desesperanza dominante en el mundo, salir del encierro, animarse a ser distinto, a nadar contra corriente para llegar a la meta. Hoy la vida nos exige ser rebeldes para no morir en el montón, para no ser uno más de las estadísticas. La vida nos exige como cristianos  ser héroes que vayan en contra de todo lo establecido, en contra del “ todo está bien”, a volver a llamar pecado al pecado, en ser auténtico en los valores , en no dejarnos llevar por el “todos lo hacen”.

Y a poco que le pidamos a Jesús: si quieres pueden ayudarme, si quieres puedes curarme de mi mal, de mi pasado, de mi angustia, de mi soledad, de mi enfermedad, de mi falta de confianza, de mi fragilidad de fe, Él, no solo dirá    ” lo quiero”, sino que sentiremos su mano bendita sobre nosotros, tocándonos, acariciándonos, consolándonos, curando nuestro ser más profundo muchas veces herido casi de muerte.


Hace falta FE,  humildad  y coraje, tres virtudes que tuvo aquel muchacho que “cruzo las vallas” de la exclusión, del miedo, de la soledad. Para imitarlo ¿no?
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