martes, 14 de enero de 2014

Marcos 1,21-28.

Entraron en Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, Jesús fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. 
Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.
Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar:
"¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".
Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre".
El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.
Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: "¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!".
Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.



El Papa Francisco, en una carta al director del diario La Repúbblica  en setiembre de 2.013, hace mención a esto de la autoridad de Jesús para hablar. A veces en nuestras traducciones, nos quedamos cortos en poder expresar la idea del evangelista al decir lo que dijo.  “La palabra griega es "exousia", que literalmente se refiere a lo que "viene del ser", de lo que es. No se trata de algo externo o forzado, sino de algo que emana de su interior y que se impone por sí mismo”.

A la gente le llama la atención como primer elemento esta capacidad de Jesús de expresar lo que siente y dice. No cita , como hacían los Maestros de la ley, a autores pasados o llena sus discursos de citas del antiguo testamento  ni habla vacío, sin sentir ni vivir lo que dice. Su experiencia, su capacidad de observación, aquellos relatos que escuchaba de su madre, hechos parábolas ahora, su vivencia de Dios, hacía que la gente lo escuche con atención y admiración. Hoy diríamos que tiene un aura tan impactante que es difícil no dejarse conmover con sus palabras pues lo que habla, lo siente, lo vive, y sabe expresarlo.

Pero claro, no solo se quedaba en el dicho. Iba al hecho. Aquel hombre dentro de la sinagoga, poseído. No venía de afuera, arrastrando cadenas o asustando gente: estaba dentro de la sinagoga.  Es que un espíritu impuro podía designar un demonio verdadero o un desarreglo del espíritu, o ambas cosas… tal como se da también hoy.

 ¡Cuántos habrá que dentro de nuestra Iglesia tienen desarreglos del espíritu que les hace estar alienados y desordenados mental, y espiritualmente!.

Apegos de todo tipo, modas, televisión, discípulos de la Dictadura del relativismo, del “todo está bien” , en que  no hay valores morales que valgan, no hay autoridad. Desordenes emocionales, confusión de valores, desesperanza, falta de castidad, falta de pureza de pensamiento y acciones,  poco respeto por la vida, falta de voluntad hasta para las pequeñas acciones, falta de firmeza para salir de la vida de tribu que nos aleja de Dios, falta de profundidad en la fe, quedándonos con el fogonazo del primer encuentro con Jesús… muchas debilidades, acciones sutiles del demonio que van corroyendo nuestros valores y virtudes.

Una palabra de Jesús basta para que todos esos pequeños o grandes males salgan y nos dejen vivir. Jesús restaura la persona a la persona misma, le devuelve su conciencia y su libertad… solo basta darnos cuenta, ver que,  a veces estamos alienados nosotros también a espíritus que no nos dejan ser felices y no nos dejan pensar en lo que realmente debemos pues siempre  tenemos nuestro pensamiento puesto, en satisfacer los deseos del poder que nos domina.


Jesús tiene autoridad para liberarnos. Es un buen día para expulsar de nuestra vida, pequeños o grandes males que no nos dejan vivir con felicidad.
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