jueves, 1 de mayo de 2014

Juan 3,31-36.

El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo 
da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio.
El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.


El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida.
El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos.
El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.


Creer o no creer…ser o no ser…Dios no impone, Dios propone. Hizo todo lo que prometió, hasta vino su hijo haciéndose una nada, porque, convengamos, cuando vemos el cosmos, lo infinito e inmenso, casi sin poder escudriñar la totalidad de lo que es, haber venido a la tierra, a hacerse uno como nosotros, para rescatarnos, es muchísimo amor a veces no
entendido ni correspondido… solo basta ver la tierra desde un avión: ¡nos vemos tan insignificantes, casi como hormigas! Bueno, hasta aquí vino Dios hecho hombre a hacerse uno como nosotros… con su amabilidad habitual, llenándonos de ternura, de mimos, trató y trata de conquistarnos.

Lo demás ya corre por cuenta nuestra. Él, no nos necesita a nosotros para ser Dios. Y nos regala una casa, un mundo, una familia de hermanos, mucha paz, mucha alegría esa que sale del corazón…y muchas veces nosotros, seres humanos, rechazamos tanta consideración.

Para los que no están, es una invitación. Dios siempre está y espera. No se cansa ni de esperar ni de perdonar. Ahí está la fuente de energía, de luz, ahí está el eje de la vida. Ahí está ese llamado que alguna vez suena en el corazón, es Él.

Para los que estamos, porque hemos creído, estemos honrando nuestra pertenencia. Que no estemos porque sí, por obligación, por tradición familiar, por rutina o porque venimos desde chicos siguiendo las cosas de la Iglesia…estemos convencidos que estamos en el mejor lugar, cuidemos nuestra casa, nuestro mundo, cuidémonos entre los hermanos, cuidemos nuestra Iglesia, nuestras comunidades apostólicas y  nuestras familias, que son nuestra pequeña Iglesia, casa de Dios. Estamos unidos por lazos espirituales, más fuerte que los lazos carnales, cuidémonos, protejámonos, sintamos que el hermano es un don de Dios para conmigo y que debo ayudarle a llevar su carga…

Creemos, estamos, que los demás sientan ese gusto de pertenecer porque aquí, aquí se está bien.


¡Feliz día del trabajador!
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