miércoles, 16 de julio de 2014

Mateo 11,25-27.

Jesús dijo: 
"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar."

La fe en Jesús es un don, no es el fruto del esfuerzo humano. Por más estudios, religión que estudiemos, por más sabiduría humana que  adquiramos, por más que busquemos en libros y revistas de ciencia acerca de la aparición de un “hombre que vivió en Cafarnaúm…” y tantas otras ponencias que tratan de investigar sobre Jesús, la fe no llega si uno no se hace sencillo e corazón. Y no con esto volvemos a la tan vapuleada y remanida discusión entre ciencia y religión.



Chesterton , un escritor y periodista británico de comienzo del siglo pasado, convertido al catolicismo, decía siempre: cuando entres a una iglesia, se te pide que te saques el sombrero, no la cabeza.

A veces nos tildan de retrógrados, de conservadores, de lelos, que viven bajo los efectos el “opio de las gentes” que es la religión. Nada más alejado de todo eso. Vivimos siguiendo a una persona que está viva, que se comunica con cada uno de manera particular, que comparte nuestra historia lo que incluye nuestras penas y también nuestras alegrías.
Dios renegaría de si mismo, si lo pudiéramos abarcar con la filosofía, la historia, la astronomía, la metafísica. Dios no sería Dios, (con mayúsculas) si pudiéramos entender su marca en el mundo mediante la antropología.

El conocer a Dios, el vivir a Dios, el “sentir” a Dios, esto es escucharlo, verlo, depende de la sencillez de corazón, y esto lo puede tener un sabio humano, un jugador de futbol que gana millones, o lo tiene el sencillo que se aferra a la fe en Dios como única arma de defensa de sus intereses, o la mujer sencilla que le habla a Dios como a un papá bueno, o un hermano al que se quiere mucho.
Sencillez de corazón, necesario para recibir y aceptar el don de Dios que es la fe. Sencillez de corazón que no pasa por un infantilismo religioso. Sencillez de corazón que se logra a veces sacando alguno de los  tantos “peros” que hay en nuestra vida y aceptando un poco más las maravillosas muestras de amor que Dios nos regala a diario.
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