miércoles, 23 de julio de 2014

Mateo 13,1-9.

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. 
Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.
Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar.
Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron.
Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda;
pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron.
Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron.
Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.
¡El que tenga oídos, que oiga!".


Sembrar por esa zona era muy complicado. Mucha piedra, los terrenos eran áridos, poca
lluvia, mucho sol, matorrales propios de terrenos desérticos.

Cuando Jesús les hablaba, seguramente su imaginación iba hasta esos terrenos, hacia ese sembrador, hacia esa semilla. Es que Jesús era un buen orador, atractivo por su forma de hablar, entendible, simple, sencillo, que diciendo algunas pocas palabras dejaba un mensaje claro.
Todos sabían de que hablaban, de las semillas en el terreno pedregoso, en las semillas arrojadas en el camino o en campos que la gente pisaba, de la semilla caída entre arbustos, o de la semilla caída en buena tierra, la deseada, la ansiada, la que costaba tanto trabajo, no solo conseguirla, sino mantenerla, evitándole el polvo que trae el viento, regándola, cuidándola tanto como a la planta que crece.

Y después que les dijo la parábola, los trajo de nuevo al mensaje que quería transmitirles:
 Ahora que han escuchado, entiendan, relacionen, piensen que les quise decir, y qué tiene que ver con el mensaje que les traje, con la Palabra que les digo. No vine a hacerles un discurso de cómo sembrar y donde, les vine a decir de que la palabra debe encontrar un terreno bueno para que sea productiva, para que penetre, para que haga raíces, para que se enraíce en ustedes, para que sea un tallo fuerte, para que de frutos para bien de todos.

Y hoy nos dice a nosotros lo mismo: he sembrado en tu corazón una semilla. ¿Cómo está él? Y no tiene que ver con nuestros estados de ánimo, de cómo me levanto, o si no tengo ningún problema para poder recibirla, o si estoy ¡pum para arriba! Y acepto todo… no, tiene que ver de cómo está de dispuesto o no el corazón para escuchar, si le dejamos el lugar adecuado, si le hacemos tiempo, si limpiamos de tanta basura que entra por los ojos o los oídos, si tranquilizamos nuestra mente un rato para poder asimilar mejor. Si le dedicamos parte de nuestro día que tiene 24 horas, supongamos que dormimos 8 horas nos quedan 16 horas: 960 minutos para alguno de ellos dedicarlos a escuchar, asimilar, entender la Palabra de Dios que es sembrada a diario en nuestro corazón.
Sin embargo, la Palabra es la Palabra aún le demos la importancia o no. Ella actúa, penetra, cura…
Así como la lluvia y la nieve bajan del cielo,
y no vuelven allá, sino que empapan la tierra,
la fecundan y la hacen germinar,
y producen la semilla para sembrar
y el pan para comer,
así también la palabra que sale de mis labios
no vuelve a mí sin producir efecto,
sino que hace lo que yo quiero
y cumple la orden que le doy.
Ustedes saldrán de allí con alegría,
volverán a su país con paz.
Al verlos, los montes y las colinas
estallarán en cantos de alegría
y todos los árboles del campo aplaudirán.
En vez de zarzas crecerán pinos,
en vez de ortigas crecerán arrayanes;
esto hará glorioso el nombre del Señor;
será una señal eterna, indestructible.
(Isaias 55,10-13)

Solo hay que dejarla hacer, esto es abrir un poquito el corazón para que de a poco vaya cambiando nuestra vida.
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