martes, 8 de julio de 2014

Mateo 9,32-38

En cuanto se fueron los ciegos, le presentaron a un mudo que estaba endemoniado. 
El demonio fue expulsado y el mudo comenzó a hablar. La multitud, admirada, comentaba: "Jamás se vio nada igual en Israel".
Pero los fariseos decían: "El expulsa a los demonios por obra del Príncipe de los demonios".
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor.
Entonces dijo a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos.
Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha."


Pienso en la gente enferma del tiempo de Jesús. En ese tiempo, la expectativa o esperanza de vida era entre 40 y 45 años. No había asistencia social, ni pre pagas, ni obras sociales
que atenúen los efectos de las enfermedades. La explotación por parte de los apropiadores de la nación, se quedaba con muchos ingresos familiares o sea que dinero para la salud, había muy poco. No había avances científicos, y por lo tanto, posibilidades de cura.  La enfermedad, era considerada como un castigo de Dios por el pecado… o sea que cuando leemos la curación por parte de Jesús de un mudo en este caso, de ciegos o sordos en otro, de un paralítico o tantos otros, no es solo la curación de la dolencia , enfermedad o postración, sino mucho más, es la inserción nuevamente en la sociedad, es la quita de la exclusión, es el deseo de vivir nuevamente, es el reintegrarse a la sociedad, el poder besar a los hijos y esposa/o, es mirar a todos desde la misma altura y no sentirse  menos, es sentir la mano de Dios que se posa sobre esa persona y que le dice “te amo, yo no te excluyo, no te quito mi protección”.

Aquel mudo  muchas veces nos representa, porque tenemos esa enfermedad de encerrarnos en nosotros mismos, en creer que no podremos salir nunca del fondo del pozo, o en ser a-dictos, que nos cuesta expresar nuestro problema y quedamos anclados en problemas con solución. ¡Cuántos chicos que por ser “mudos”, por no dejarse tocar por Jesús, o porque no quieren o porque nadie les habla de Él, se encierran tanto que creen que no hay esperanza, ni futuro, que todo es oscuro, que no vale la pena vivir, que matarse es una opción a tener en cuenta, que no valen nada para nadie! Jóvenes y adultos  que se dejaron seducir por el poder de la droga, que cayeron en ella, que se hicieron cada vez más retraídos, encerrados, a-dictos, que no hablan más de sus problemas … así es difícil salir. Jesús nos cura. Nos hace hablar, nos hace salir de nuestra a-dicción, nos ayuda a encontrar el camino de la recuperación, nos indica las personas adecuadas en el momento preciso. Solo hay que dejarlo hacer.




¡Tanta pasión de Jesús por sanar a todos! Tanta compasión, tanto amor, iba, venía, sanaba, devolvía sonrisas, restauraba vidas. Necesita ayuda, no ya para arar, sembrar, regar,
vigilar, esperar que la planta crezca…sino para recoger los frutos de lo que Él siembra en el corazón de los hombres y de la humanidad. Te pide una mano a vos y a mí. Nos pide que recemos para que haya obreros…Él hace el trabajo duro, nos necesita para lo menor. Aunque sea que recemos para que haya almas dispuestas a recoger el fruto, y para  acompañar, “estar”, escuchar, ayudar en la conversión, indicarles el camino de Jesús, mostrarles que se puede, con Jesús se puede, ayudarles a ser felices.
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