sábado, 30 de agosto de 2014

Mateo 13,44-46.

Jesús dijo a la multitud: 
"El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas;
y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró."





¿Qué tesoro buscamos? ¿Qué campo queremos comprar? ¿Dónde ponemos nuestro esfuerzo y nuestro corazón? ¿Tras de qué vamos?
En la primera parábola de hoy, hay un tesoro y un campo. Hay muchísimos campos pero  en uno solo el tesoro. Lograr encontrar los dos, es una tarea  que debemos hacerla. Algunos se dan cuenta, ya de grandes, que ese  “tesoro” que encontraron alguna vez, no lo es, no lo fue y nunca lo será. Se quedaron con poca cosa, porque no buscaron el campo adecuado, porque no hicieron el esfuerzo de cavar, porque fue la primera “perla” que les llegó y no pensaron que habría otras perlas de mucho mayor valor.
Siempre resuenan aquellas palabras de San Agustín:

“Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Cuanta falta nos hace despejar tanto ruido, tanta contaminación en nuestros ambientes para buscar en el lugar correcto el tesoro preciado. Buscamos en los libros, en la calle, en la noche, en las diversiones, buscamos en una profesión, en un auto, en una compra, en la moda. Buscamos en los amigos, en el día a día, buscamos en una persona, en un partido político, en una filosofía. Buscamos y buscamos.
También San Agustín decía:

 “Me parece que se debe llevar a los hombres a la esperanza de encontrar la verdad” 

Y esa verdad tiene mucho que ver con satisfacer nuestra alma: nuestro corazón está inquieto  hasta que descanse en ti.
Sugerencia de San Agustín: buscar a Jesús. En todo lo otro encontraremos pequeños gustos que nos harán bien o no. Muchas veces lugares y momentos en que hemos buscado, nos han hecho mal y han condicionado nuestro futuro. Solo en Él encontraremos satisfacer esa necesidad interior de encontrarse con el que hace trascender nuestra vida, que nos da paz, que es nuestro amigo eterno y fiel, que nunca nos abandona.
 Quien ha encontrado un amigo ha encontrado un tesoro, nos dice el libro del Eclesiástico. Encontrar a Jesús, amigo, que nos llama amigos y no servidores, que nos quiere como amigos, que nos busca, ha encontrado el mayor tesoro que se puede buscar, la mejor de las perlas.
    
“Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abráseme en tu paz”. (san Agustín)

Luego llegará la tarea: vender todo lo que uno tiene para comprar el campo en que está el tesoro. Dejar esas cosas, esos lugares, esas amistades que lo retienen lejos de Él. No gastarnos la plata en comprar terrenitos donde no hay ningún tesoro. También en las cosas del Señor, hay que invertir bien sabiendo el objetivo final que es encontrarnos con lo mejor que nos puede pasar en la vida.
Ojala que estemos en ese camino de búsqueda, de encontrar, de vender para poder comprar. Los que ya lo hicimos podemos dar fe de ese tesoro encontrado, al lado del cual todo lo demás suena a baratijas.
¿Te animas?

Hoy celebramos a la primera santa latinoamericana: Santa Rosa de Lima. Ella lo hizo, nosotros también podemos.
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