lunes, 11 de agosto de 2014

Mateo 17,22-27.

Mientras estaban reunidos en Galilea, Jesús les dijo: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres: 
lo matarán y al tercer día resucitará". Y ellos quedaron muy apenados.
Al llegar a Cafarnaún, los cobradores del impuesto del Templo se acercaron a Pedro y le preguntaron: "¿El Maestro de ustedes no paga el impuesto?".
"Sí, lo paga", respondió. Cuando Pedro llegó a la casa, Jesús se adelantó a preguntarle: "¿Qué te parece, Simón? ¿De quiénes perciben los impuestos y las tasas los reyes de la tierra, de sus hijos o de los extraños?".
Y como Pedro respondió: "De los extraños", Jesús le dijo: "Eso quiere decir que los hijos están exentos.
Sin embargo, para no escandalizar a esta gente, ve al lago, echa el anzuelo, toma el primer pez que salga y ábrele la boca. Encontrarás en ella una moneda de plata: tómala, y paga por mí y por ti".

Desde que el tiempo que los judíos habían vuelto de la esclavitud de Babilonia, pagaban impuestos y tasas para que el culto en el templo pueda mantenerse, y sostener los sacerdotes y el edificio en sí…esto era desde el 500 A.C.. Jesús también lo hacía. Estaba inmerso en esa realidad,  de alguna manera hay que sostener lo espiritual, aunque lo espiritual  “es Él”.

A nosotros muchas veces nos cuesta sostener lo espiritual.  Nuestro cristianismo es tal, hasta que nos piden que aportemos económicamente, hasta que debemos meter mano en nuestros bolsillos. Ahí comienzan los cuestionamientos,  y las envidias y el hablar mal del otro, y las preguntas sobre corrupción, o sobre el destino de fondos… mientras la iglesia esté abierta, mientras las luces prendidas, mientras todo limpio, mientras el curita esté siempre disponible para lo que se necesita, mientras haya flores que adornen los altares, mientras, todo esté limpio y ordenado, está todo bien, todo es paz, alegría, ¡qué lindo todo!... pero cuando me dicen que hay que conseguir fondos para pagar la luz, para comprar flores, para limpiar y ordenar, para que el sacerdote pueda vivir…vienen los cuestionamientos, las dudas… año tras año, catequistas hacen su tarea silenciosa y eficaz con niños y jóvenes , en forma gratuita desinteresada, dando de su tiempo, un tiempo que podrían dedicar a sus familias,  de su esfuerzo atendiendo chicos que a veces son “depositados” por sus padres para que “le enseñen religión”… una vez que piden colaboración para tal cosa, o para celebrar el sacramento que se prepara, vienen los reparos, los por qué, los cuestionamientos, las dudas, la desconfianza…
A médicos somos capaces de agradecer por años y años que nos hayan sanado alguna enfermedad, que hayan dado en la “tecla” con el diagnóstico ( y está bien eso), pero aquellos que nos ayudan y ayudaron en lo espiritual, son olvidados más rápido que homilía del domingo.
 Pagamos impuestos para sostener el estado (y está bien), pero nos cuesta poner de nuestro bolsillo para sostener nuestra religión o aquello que nos hace feliz que nos da paz. Solo basta ver las bolsas vacías de la limosna dominical, o el “hacerse el burro” de muchos cuando pasan recogiendo la ofrenda que se puede hacer para ayudar a sostener nuestro culto.

Para todo hay que pagar un impuesto. Para recibirse hay que estudiar y esforzarse, para vivir un matrimonio feliz hay que prepararse  y comprometerse todos los días, para ser sacerdote, hay que vivir profundamente la vocación renovando todos los días el compromiso, estudiando, preparándose, mucho, mucho… para conseguir lo que quiero, debo esforzarme incluso ahorrando peso por peso, para ser buen padre, debo pagar el impuesto de la formación, dejando de lado egoísmos, y actitudes que no harán bien a mi familia futura. Jesús para llegar a la resurrección, debió pagar el “impuesto” de su muerte dolorosa e inmerecida. Es lo que le dijo a sus discípulos en Galilea.

Hoy nos enseña esto. Siempre debemos pagar un impuesto para obtener aquello que queremos, necesitamos y nos hace felices.
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