lunes, 15 de septiembre de 2014

Juan 19,25-27. Nuestra Señora de los Dolores

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. 
Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: "Mujer, aquí tienes a tu hijo".
Luego dijo al discípulo: "Aquí tienes a tu madre". Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.



María al pie de la cruz. San Juan  presenta dos veces en su evangelio a María: aquella
boda en Caná, al comienzo de la vida pública de Jesús, y éste momento, al final, cuando, por Amor, entregó  su vida por todos. Y estaba ella ahí, al pie, de pie, con todo el dolor que desgarraba su vida, su alma. ¿Cuántas veces había deseado asumir ella los golpes, la tortura, los latigazos, los clavos, la corona de espina? ¿Cuántas veces habrá deseado detener la mano del torturador, del solado desconsiderado y cruel, del que lo izaba con tanta saña, para despertar el júbilo de los presentes? ¿Cuántas veces habrá deseado abalanzarse  sobre el pueblo que horas antes lo había recibido como un rey y que ahora  descargaba una furia impuesta contra su hijo tan querido  al que gritaban tan injustamente?
¡Como duele ver sufrir a un hijo!  ¡Cuántos pensamientos pasan por la cabeza de quien hace vela ante la cama de su hijo, o ante la impotencia por una enfermedad, o las heridas de un accidente! A Ella, también. Pero estaba firme al pie, rezando para que aquello pase pronto sintiendo caer hasta la última gota de sangre de su hijo, sin poder hacer nada. Seguramente, por delicadeza humana, habrán tratado de correrla de esa escena, pero ella dijo no, así como alguna vez dijo SI. Este también era un SI, pues debía estar al pie, firme, mostrando a su hijo, el dolor, pero también la esperanza, acompañando a Jesús hasta lo último de su plan, no borrándose en ese momento, el más difícil de su hijito…




 En la Piedad de Miguel Ángel, María aparece bien joven, más joven que su hijo crucificado, cuando ya tenía que tener como mínimo alrededor de 50 años. Al preguntarle al escultor porqué había esculpido el rostro de María tan joven, Miguel Angel contestó: “Las personas apasionadas por Dios no envejecen nunca”




Ella, apasionada por Jesús, es también apasionada por todos nosotros, hermanos de su Hijo querido. Por eso los rostros de nuestras imágenes son siempre de una mujer bella, sencilla, tierna. Cuenta la historia que la Imagen de una bella madre, cayó como arrodillada a los pies del Cristo crucificado del Milagro pidiendo por los habitantes de la ciudad para que cesen los terremotos. Hoy nuestra Madre está al pie de nuestras cruces, ayudando a sobrellevarlas, firme, rezando, pidiendo a Dios que cesen los temblores de nuestra alma, terremotos que sacuden nuestras estructuras nuestros valores, nuestra fe. Temblores que nos mueven las estanterías de la gracia, que nos quieren hacer caer, fracasar, ser infelices.


Hoy recordamos a la Madre Dolorosa, pero también decimos:¡ gracias bella Madre por estar siempre al pie de nuestra cruz, esperando y rezando para que pase el temblor!
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