viernes, 19 de septiembre de 2014

Lucas 8,1-3.

Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce 
y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios;
Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.



En tiempos de Jesús había una oración muy común que decía: Te doy gracias Señor, porque no soy pagano, ni ladrón ni mujer… es que la discriminación contra ellas era muy grande. Ya lo vimos con la viuda que había perdido su hijo único, no se podía hablar con una mujer en público, no podían entrar en las sinagogas, eran excluidas, feamente excluidas.
¿Aceptaban los dirigentes religiosos ver a Jesús seguido por mujeres? No, absolutamente no.
Ellas seguían al Maestro, eran discípulas, escuchaban, aprendían con Él. Tenían eso que tienen las minorías: sentirse fuertes, unidas, seguros del objetivo. Ellas vieron que Jesús no discriminaba, que no las trataba con desprecio y se metieron en ese grupo. Es como si toda la vida hubiesen estado esperando la oportunidad. Para mejor, estas cosas espirituales, entran primero por el corazón y luego pasan a la razón, ventaja grande que tienen las mujeres respecto de los varones.

Tanto escuchamos por radio o vemos por televisión, cómo se maltrata a la mujer, cómo se la trata como de inteligencia menor, cómo se juega con estas cosas. Hasta cuando hay una periodista deportiva lo primero que se le pregunta es qué jugador le atrae más como si no tuvieran capacidad para pensar o analizar. Cómo se la maltrata poniéndola como objeto de consumo ( lamentablemente  consentido por muchas de ellas) o mostrando modelos de mujer que nada tienen que ver con la mujer real, con la que es nuestra hermana, madre, hija, produciendo  golpes muy profundos en su psiquis por querer imitar ese modelo. Cómo se abusa de ellas por el uso de la fuerza o por violencia psicológica, privándola de tomar decisiones o de opinar incluso o recluyéndola en lugares para prostituirlas enterradas en un submundo de droga, alcohol, sexo comercializado. No podemos con el tiempo, salir de sociedades machistas con todo lo que ello conlleva.
Jesús las cuidó, las sostuvo con delicadeza y amor, las dignificó, las hizo seguidoras, les dio beneficios que nadie, ni siquiera los maestros espirituales de la época lo hacían. Las amó, las dejó que descubrieran primero la gran novedad, la gran noticia que había resucitado.

Nuestra Iglesia que tanto hizo por la igualdad de varones y mujeres, que tanto las dignificó, que trabajó tanto porque todos por igual nos sintamos hijos del mismo Dios con iguales derechos y obligaciones, quizás vaya en camino de la igualdad de sacramentos también.

Por lo pronto, a nosotros  varones que vivimos diariamente la “locura de la cruz”,  este evangelio nos llama a tener un lenguaje distinto del mundo un lenguaje de igualdad y no de menosprecio por la inteligencia femenina. Y a las mujeres, tantas cosas les dice sobre todo de esa protección especial que Jesús tuvo con ellas, cómo las dignificó en medio de  un mundo de hombres. Esa dignidad no viene por compararse con los varones, viene porque son creadas igual que los varones a imagen y semejanza de Dios, así lo dice la Biblia:
Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; …Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó.  (Gn 1,26-28).

Oportunidad para sentirse amadas, cuidadas, protegidas por el mismo Jesús que tiene tanta delicadeza y amor.
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