lunes, 22 de septiembre de 2014

Lucas 8,16-18.

Jesús dijo a la gente: 
"No se enciende una lámpara para cubrirla con un recipiente o para ponerla debajo de la cama, sino que se la coloca sobre un candelero, para que los que entren vean la luz.
Porque no hay nada oculto que no se descubra algún día, ni nada secreto que no deba ser conocido y divulgado.
Presten atención y oigan bien, porque al que tiene, se le dará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que cree tener".


Imaginemos la escena: no había corriente eléctrica,  encender y mantener encendida una lámpara era toda una tarea. Las viviendas generalmente de un solo ambiente, hacía que todos durmieran ahí, y, por ejemplo, levantarse de noche sin luz, era complicado. Y si a eso le agregamos que alguien prende una lámpara o aviva su fuego, para esconderla debajo de una cama, hace pensar en el sin sentido de la cuestión.



La lámpara encendida, era un faro para saber donde uno estaba parado, una guía , una referencia. Una lámpara encendida, en cierta manera, reemplazaba la luz del sol, permitía ver y también permitía verse entre ellos.
También daba calor, vida, con luz no había miedo al ladrón, el padre veía la necesidad del hijo, el hijo podía ver el rostro cansado del padre.
La luz permitía comer, y a la luz del candil se podía charlar, reflexionar, escuchar el sonido del silencio, mirar a los ojos a los demás.
 No había televisión, ni radio, entonces había tiempo incluso para  meditar, cantar salmos…

No es cuestión de rechazar los avances de la ciencia y la tecnología. Es cuestión de hablar de lámparas encendidas.
Sabemos bien cuando hemos sido luz y cuando no. Cuando somos luz, somos referencia, somos antorchas que alumbran el ambiente, cuando estamos en la luz  y somos luz, nos
convertimos en embajadores de Jesús, vemos claramente, ayudamos a los otros a ver, miramos a nuestros hermanos, compartimos sus alegrías y penas, no pasamos de largo ante las injusticias, los hermanos caídos en el camino, nos damos cuenta, somos intuitivos,. Cuando tenemos esa luz, abrigamos , damos calor, nuestro hogar es un poco más pacífico, podemos ver el rostro necesitado de cariño de nuestro hijo, el dolor y el cansancio de nuestros padres, el rostro de los abuelos que nos piden sin decirnos nada, un poco de cariño, compañía, atención. Cuando somos luz, nos adentramos más fácilmente en el corazón de Dios, escuchando su voz, hablándole al amigo que nos quiere. No tenemos miedo.

¿Por qué si somos luz, tapamos la fuerza generadora de vida que ella es, y nos ocultamos, nos quedamos de brazos cruzados, no dejamos salir la luz que hay en nuestra vida? ¿Para que servimos entonces?
 Y nos viene la duda: ¿Qué hago yo solo siendo luz en casa, en el barrio con los amigos?. Me viene a la memoria aquella noche del sábado santo en que celebramos la Resurrección del Señor, cuando , una vela alumbra muy poquito la oscuridad, dos, un poco más, diez, cien, muchas luces de velas, nos permiten alumbrar todo el templo…si somos muchos, en lucha ligada, alumbraremos más y más. Si creyéramos firmemente en la comunión de los santos, haríamos más cadenas de oración, pero no de esas invasivas que si no haces te pasa tal o cual cosa, o que debes pasar a nueve amigos, porque sino…, y que te dicen lo que le pasó a tal persona por cortar una cadena… digo cadenas de manos unidas, de luces unidas, para poder alumbrar a más hermanos que tanto necesitan.

Todo lo que nosotros somos, toda nuestra iluminación debe salir a la luz. Él confía en nosotros, en nuestra capacidad para ser luz. Eso que ahora es secreto  o que nosotros hemos vivido y experimentado, nos lo pide que lo demos a conocer a los demás.
 
“Hoy voy a ser luz para los que me rodean”… lo podemos decir como jaculatoria. Mañana la digamos también.

Consistirá en mostrar el rostro de Jesús, con nuestros gestos palabras y acciones. No hace falta hablar raro, ni nombrar autores famosos, hace falta ser Jesús en medio de los demás.
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