miércoles, 24 de septiembre de 2014

Lucas 9,1-6.

Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar a toda clase de demonios y para curar las enfermedades. 
Y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos,
diciéndoles: "No lleven nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tampoco dos túnicas cada uno.
Permanezcan en la casa donde se alojen, hasta el momento de partir.
Si no los reciben, al salir de esa ciudad sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos". 

Fueron entonces de pueblo en pueblo, anunciando la Buena Noticia y curando enfermos en todas partes.

En el tiempo de Jesús ya había grupos de renovación, y cada uno tenía su norma. Normas de cuidado y atención. Debían llevar su propia comida, no sea que en los lugares donde vayan les den comida “impura”… Jesús les dice: confíen en la hospitalidad de la gente, coman lo que le den y en el abrigo que les acerquen, quédense en una casa…Jesús les pedía que participen de  la vida y el trabajo, deben confiar en el compartir.
Y también deben confiar en la providencia. ¿Cuántas veces preparamos hasta el abrigo según el pronóstico del tiempo? Llevamos todo organizado, las mochilas cargadas, hasta
el último detalle preparamos a veces no dejando que la novedad del Espíritu Santo actúe por nosotros. Con el tiempo hasta nos volvemos burgueses estancándonos en cierto lugar, de conocimiento, de piedad, de espiritualidad, de amistades, vida rutinaria, que no se sacude nunca para mirar hacia otro lado…





Ser en la vida romero,(peregrino)
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.

(león Felipe)

Sanar a los enfermos, expulsar a los demonios, volver a dar dignidad a todas las personas a los excluidos (como eran los enfermos y los endemoniados) traerlos de nuevo, a los que nadie quiere, a los abandonados, a los sucios y enfermos, a los pobres, a los que viven en la periferia de la vida, a los que nadie hablará de Dios, a los que nunca dijimos nada del amor de Dios por vergüenza, por temor al qué dirán. Nosotros los seguidores de Cristo debemos luchar siempre por los que no tienen voz: si se calla el cantor calla la vida dicen los versos de Horacio Guarany, voz de los niños a punto de ser abortados, voz de los que son víctima de injusticia, voz de los pobres , inculpablemente pobres que no tienen quien los defienda, voz de los excluidos, voz de los ausentes cuando , por no estar, se los critica, se habla mal de ellos, se los difama o calumnia.


Todos nos necesitan, necesitan nuestras manos generosas y ágiles, necesitan nuestro
testimonio de luz en medio de tanta oscuridad, necesitan amor ante tanto miedo, odio, muerte. Necesitan buenas noticias, sonrisas, acompañamiento. Y eso se logra con tan poco: confiando en la providencia, ligeros de equipajes, ir, nunca quedarnos esperando que lleguen los necesitados, ir hacia ellos,  ir todos los días al lugar donde nos movemos y existimos, llevando el mensaje siempre nuevo del evangelio. En el camino encontramos uno, otros que, quizás, jamás volvamos a ver, en el colectivo, en la calle, atendiendo al público, o quien nos atiende en un comercio, en el estadio de futbol, en el juego,  pero en quien habremos dejado aunque sea con nuestra sonrisa, el testimonio que hay una vida mejor y un futuro que necesita ser escrito con letras de esperanza. ¿Vamos?
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