jueves, 25 de septiembre de 2014

Lucas 9,7-9.

El tetrarca Herodes se enteró de todo lo que pasaba, y estaba muy desconcertado porque algunos decían: "Es Juan, que ha resucitado". 
Otros decían: "Es Elías, que se ha aparecido", y otros: "Es uno de los antiguos profetas que ha resucitado".
Pero Herodes decía: "A Juan lo hice decapitar. Entonces, ¿quién es este del que oigo decir semejantes cosas?". Y trataba de verlo.



Herodes, un nombre que quedó y quedará por siempre, como sinónimo de asesinatos de inocentes. Entre tantos de miles, encontramos a los niños inocentes que mató Herodes el grande, y que murió cuando Jesús tenía 4 años, después de llevarse con él la sangre de tantos inocentes. No quería ver ningún Jesús, alguien que le quitara el poder, y por eso, mandó matar a todos los de la misma edad del recién nacido Dios.
Cuando muere él,  el territorio se divide en dos: uno bajo el mando de Arquéalo  en la región de Judea que mató 3000 personas en su toma de posesión en la mismísima plaza del templo. La otra parte, fue para Herodes Antipas que gobernó Galilea hasta el año 39. Luego apareció otro Herodes Agripa, que aparece en los Hechos de los Apóstoles y que mató al apóstol Santiago. Historia de sangre y de violencia.
Volviendo al Herodes que nos ocupa, parece que veía peligro en el horizonte con la presencia de Jesús. Surgió el morbo, la imbecilidad que da el poder que cree que todo lo puede, la impunidad de quien de cree con derecho sobre la vida de las personas, de las cosas y del mundo entero. ¿Quién es éste? Y quería verlo.

¿Para qué?, ciertamente no para cambiar su vida, ni para conocerlo un poco, ni aunque sea para encontrarse con un “gurú” que le indique el destino y por donde debía ir. Quería verlo para medir fuerzas, para mostrarle el poder violento y sin escrúpulo, para hacerle una pulseada delante de sus secuaces. Se encontró con Jesús cuando Pilatos se lo mandó antes de la pasión. Jesús no le dijo una sola palabra, no merecía respuesta alguna, nada que Él dijera iba a cambiar su vida. Tanta oscuridad, o como dirá San Agustín, tanto gusto por ver y vivir en las sombras, hacen a los ojos del alma incapaz de llegar a ver el rostro de Dios.

El un pueblito de Ars en Francia, un hombre entraba todos los días a la Iglesia , se quedaba un ratito dirigiendo su mirada al Sagrario, se levantaba y se iba…así, un día tras otro… hasta que aquel cura, Juan Vianney ( el santo cura de Arz) , intrigado, le preguntó a aquel hombre: estoy intrigado por lo de todos los días…quisiera saber ¿Qué le dice a Jesús en su oración?- no padre, le respondió el hombre, yo no le digo nada: yo lo miro y Él me mira…

Uno, quería ver a Jesús llevado por su morbo, otro , lo veía a Jesús con los ojos del alma y con Él, la luz, el futuro, el Amor. Uno mereció el silencio de Jesús que sabía que por más mirada profunda, por más mensaje de amor, por más perdón, nunca habría cambio de vida. El otro sintió la miraba de Jesús, que llena la vida, que llena de energía, que nos hace completos y plenos. Uno quiso ser como Dios, el otro encontró el sentido de su vida.  

¿Qué me motiva para ver a Jesús? ¿ Lo quiero hacer? ¿Tengo miedo de encontrarme con su mirada? ¿Siento vergüenza de levantar mi vista para verlo?

Jesús nos conoce, sabe lo que hay en el corazón. A nosotros si quiere mirarnos a los ojos y decirnos que nos ama. Ojalá que nos dejemos mirar por Él.
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