jueves, 20 de noviembre de 2014

Lucas 19,41-44.

Cuando estuvo cerca y vio la ciudad, se puso a llorar por ella, 
diciendo: "¡Si tú también hubieras comprendido en este día el mensaje de paz! Pero ahora está oculto a tus ojos.
Vendrán días desastrosos para ti, en que tus enemigos te cercarán con empalizadas, te sitiarán y te atacarán por todas partes.
Te arrasarán junto con tus hijos, que están dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has sabido reconocer el tiempo en que fuiste visitada por Dios".

Era la ciudad amada y deseada. Hace tiempo venía “caminando” hacia ella. Llegó. La vio y lloró.  Sentía quizás, algo en el cuerpo, como sentimos a veces cuando una situación nos incomoda. Claro que para nosotros son pequeñas cosas: una persona con la que hablo, un ambiente en una casa, una recorrida por lugares que parecen estar cargado de energía negativa, lo sentimos en la piel, nuestro cuerpo siente una molestia inexplicable… Jesús lo sintió aquel día con toda la ciudad. Una ciudad pujante e inquieta pero que no había reconocido el verdadero Dios que trae paz y concordia. No había reconocido el camino de la paz.

Es lo que nos pasa cuando creemos en nuestro evangelio personal, ese de donde sacamos lo que no nos conviene. Cuando nos creemos nuestras mentiras y vivimos así creyendo  que es verdad lo que decimos, cuando creemos que la paz se consigue siendo el más fuerte, el que más grita , el que más se impone, el que pega más fuerte. Cuando creemos que en la vida debemos vivir en la transgresión, en la “avivada” siendo el más “vivo” de todos, cuando no devolvemos hasta un vuelto mal dado, cuando copiamos y somos más
astutos que el profesor, cuando “copiamos y pegamos” mostrando una imagen de lo que no somos.  Cuando a veces creemos que lo religioso “no es para mí”, porque los que viven la religión son unos que “se golpean el pecho” y siguen siendo la misma porquería, porque lo religioso nos hace perder el tiempo cuando hay “tanto por hacer”… muchas veces nos creemos esos caminos de salvación que nos instalamos en la vida. Nos cuesta identificar al mismo Jesús que viene a nuestro corazón a salvar, a rescatar, a darle paz, a quitar ese deseo inmenso y permanente de  “lucha de poder” para ver quién es más fuerte..

Hubo un presidente en Argentina, cuyos asesores más directos, con el objetivo de no preocupar al mandatario ante una situación que le era desfavorable, hicieron imprimir un diario especial para él, con una imagen de la Argentina que poco y nada tenía que ver con la realidad. Quizás nos pase que todos los días imprimimos un diario donde dice : qué bueno que sos, que amable eres, que bien que llevas tu vida, cómo te quiere la gente, que pacífico eres, que inteligente tu manera de pensar… y la realidad, la del corazón, la que ve Dios, se nos esté escapando de las manos. Dejaremos de amar a Dios para amarnos en demasía a nosotros volviéndonos narcisistas que creen que todo gira alrededor de uno.


Que ante nuestra vida, no llore Jesús. Que nosotros sepamos reconocer a Jesús que viene y que quiere quedarse en casa para establecer una paz verdadera. Que le demos lugar en el corazón. Estos días ¿cuánta falta nos hace sentarnos un ratito solos frente a frente con Él y escucharle, solo escucharle?
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