miércoles, 14 de enero de 2015

Marcos 1,40-45.

Se acercó a Jesús un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: "Si quieres, puedes purificarme".
Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Lo quiero, queda purificado".
En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.
Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente:
"No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu
purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio".
Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a él de todas partes. 

Aquel hombre excluido, un nadie, sin derechos, la sociedad se desprendía de ellos como de algo que se desecha porque no sirve y no tiene ya remedio. Ni siquiera como un depósito de basura reciclable que puede ser utilizada de otra manera. Como un basurero donde va la porquería de la sociedad. Así era aquel lugar y así estaban los enfermos. Entonces rompiendo las reglas , se acercó con fe. QUERÍA SANARSE. No estaba feliz ni conforme con el destino fijado, sabía que había un imposible y estaba dispuesto a jugarse por eso.

Si quieres, puedes curarme. No lo quiere comprometer a Jesús. Tocar un leproso era para quedar impuro y no poder acercarse a nadie.

A Jesús no le importa eso, ni lo que dice la norma, ni el miedo a contagiarse. Dice el evangelio que Jesús se conmueve…lo siente como propio, lo siente en su carne, en su piel, le duele el dolor del hermano. Le duele sus ojos a la tierra  sin poder levantar para mirarlo. Le duele la falta de dignidad, le duele la ausencia de los seres queridos, le duele la soledad de aquel chico…le duele, a Jesús le duele. Como le duele nuestro dolor, nuestra vergüenza, nuestra falta de dignidad, le duele la soledad, la ausencia de cariño en nuestra vida.
Le da la mano. Lo tocó. Toco su piel destruida, su pelo sucio, toco su mal aliento, su ropa sucia y hedionda.
Lo amo así como es. Es alguien hijo de Dios, así como estaba.
¿Cuántas veces sentimos vergüenza de presentarnos delante suyo? Solo basta tomar la decisión de ir como lo hizo el muchacho del evangelio. Ir decirle: si quieres puedes purificarme .la respuesta será siempre la mano de Jesús en nuestro hombro, su abrazo, su amor, su mirada serena y amiga que todo lo puede, que todo lo dice.
Y así como Jesús por purificar a aquel hombre quedó “marcado” para la ley y no podía ir a todos los lugares porque la gente no se acercaría a un “impuro”, así se la juega por cada uno de nosotros y se la jugó una vez para siempre asumiendo algún día esa cruz pesada.


Por eso, porque se la juega, porque nos ama, porque se conmueve con nuestro dolor, porque nos conoce y sabe que nos pasa, porque quiere devolvernos la dignidad, por todo eso vale la pena jugarse, saltar el muro de la vergüenza y de la indiferencia como antes fue el muro del “no puede un leproso acercarse a una persona sana”, y llegar hasta Él.
Publicar un comentario