sábado, 24 de enero de 2015

Marcos 3,20-21.


Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer.
Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: "Es un exaltado".

Es un "loco", decían sus parientes… y parece que tenían razón. Si lo vemos desde nuestra limitada inteligencia humana, ¿Qué más se puede decir de Jesús?

Dios, creador de todo el universo, creador de 200.000 soles, uno solo es el nuestro, que domina el universo entero, que creó todo de la nada. Dios que de un plumazo nos puede hacer desaparecer, ante quienes somos más chiquitos que una hormiga al lado nuestro. Dios que no tiene tiempo ni espacio , que es infinito e infinitamente inexplicable, ese mismo Dios vino a la tierra a hacerse tan pequeño como una hormiga, tan limitado físicamente como cualquier  persona, que lloraba pidiendo leche materna, que se hacía encima de aquellos pañales, que no sabía caminar, que fue niño y joven, que lloraba con la muerte de un amigo, que caminaba día y noche sin cansarse, que vino a la tierra para que vos y yo pudiéramos entender a Dios y le pudiéramos decir “papito”, papá amoroso, “viejito querido”, Tata, para que nosotros, infinitamente pequeños pudiéramos sentirnos dignos y dioses, reyes y dueños de la vida y el universo, plenos, ¿Qué más se puede decir de este Dios hecho hombre?. Nosotros también decimos: ¡está loco! ¡Está de la cabeza! ¡Está loco de remate! Venir aquí, hacerse matar o mejor dicho entregar su vida por vos y por mí, y quedarse para siempre viviendo entre nosotros y más aún, para nosotros católicos, poderlo recibir a Él mismo cada vez que comulgamos ¡unas cuantas migas de pan!... si uno lo ve desde afuera, también dirá: ¡está loco!.

Loco de amor, enamorado de vos y de mi, soñador y romántico, que miraba las flores del campo y nos decía que debíamos creer en la providencia divina, que se compadecía con los ojos en el rostro de mujeres golpeadas y perseguidas, que se enternecía con un niño y los abrazaba y los recibía y nos lo ponía de ejemplo para nuestra vida espiritual, que perdonaba a todos incluso al que le estaba atacando insultando y lastimando, un loco enamorado visionario y amable, que no le importaba qué era la persona y que hacía, con una mirada profunda y sincera los ganaba y los hacía seguir el ideal, un tipo fortachón audaz, decidido que no era acartonado y si no había que comer por atender a la gente, no lo hacía, que abrazaba y besaba al niñito limpio y puro, como al leproso o al paralitico sucio y mal oliente, que no le importaba si era rico o pobre, que se sentaba a tomar con ellos una copa de vino o “un mate” (si viviera hoy). ¿Qué tenemos que decir de los parientes de Jesús? TENÍAN RAZÓN. Estaba y está loco.

Pero no es un loco al estilo de Forrest Gump. Hay una escena en esa bella película, cuando él, abandonado y dolido por la pérdida, comienza a correr y correr, la gente lo sigue y gana adeptos y más y más…hasta que un día decide dejar de correr y toda aquella multitud es como si se preguntara ¿y ahora? ¿Qué hacemos? Nos abandonó el guía y nos quedamos solos sin pastor…Jesús nos dijo un día sígueme ,  y nunca nos dejó solos. En su locura nos pidió que tomáramos en serio las cosas de Dios, que tomáramos en serio el evangelio, que confiáramos en Él, que no es su vida para que un día estemos con él y mañana lo abandonemos, que no podemos ser inmaduros en nuestras decisiones de seguirle, que Él sigue corriendo o caminando y nunca pero nunca dejará de hacerlo como lo hizo  Forrest Gump.

Somos seguidores de un loco… ¡a vivir intensamente esta locura que tanta falta le hace al mundo! Servir cuando todos son “servidos”, amar cuando todos viven a la “defensiva”, sonreír cuando todos viven sin esperanza, cantar cuando todos están abatidos, ser feliz y compartir esa felicidad. 
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