martes, 27 de enero de 2015

Marcos 3,31-35.

Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. 
La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: "Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera".
El les respondió: "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?".

Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: "Estos son mi madre y mis hermanos.
Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre".

Estaba eso de que Jesús se había vuelto medio exaltado, y los familiares querían llevarlo de nuevo para sus pagos de Nazaret, 40 km de Cafarnaúm, donde estaban en esta escena. Como no podían entrar les mandan un recado a lo que Jesús aprovecha para restablecer la comunidad y hacer catequesis.

En tiempos del antiguo testamento, el clan, la gran familia, era la base de la convivencia. Entre ellos se defendían, se protegían. Era la manera de mantener la identidad familiar, cultural, religiosa. Pero algo se destruyó con la llegada del imperio romano: impuestos a ellos y al templo, alojamiento gratuito a soldados, mentalidad helénica: individualista, comercial, egoísta…entonces la familia se hacía cada vez más chiquita. No había clanes, sino pequeñas familias unidas en torno a sí mismas replegadas para poder sobrevivir. Era tanto el cuidado que debía darse a este pequeño bastión, que ya no se formaban comunidades, clanes, sino que cada uno miraba para dentro sin importarle mucho lo de fuera.

Por eso Jesús, ensancha el panorama y señalando a cada uno de los presentes, dice que su madre, su padre, su hermano, su hermana son los que cumplen la voluntad del Padre…

 y con esto nos dice a nosotros también: NO BASTA AMAR A DIOS Y HACER EL BIEN AL PRÓJIMO…eso lo hacen distintas religiones. Y eso de hacer el bien lo hacen hasta los agnósticos o los llamados ateos que quieren vivir en armonía con el cosmos… hay un nuevo imperativo: somos
sus hermanos o su madre o su padre, quiere decir hay una nueva forma de relacionarnos con Dios: somos familia. Y así como somos eso con respecto a Él, somos lo mismo entre nosotros.

Hoy , los lazos familiares están cada vez más difusos, lamentablemente. El padre no es tal, los hermanos no se aman como debieran, a veces no se defienden entre ellos. Los hijos no respetan a sus padres, ni le obedecen en la edad temprana, los padres quieren ser “compinches” de sus hijos y pierden autoridad, hay un deseo de ser amigos con los hijos, olvidando a veces el rol de padres, se nota falta de autoridad, de compañerismo, de fraternidad… situaciones que duelen y que van en detrimento de la sociedad toda. Por eso este mensaje de Jesús, nos ayuda a repensar en nuestros lazos familiares y cómo, su presencia divina entre nosotros puede ayudarnos a re enlazarnos  padres e hijos, esposos entre sí, distintas generaciones. Él, nos une, su presencia entre nosotros es oportuna y eficaz, cuando hay Cristo en el hogar las cosas son mucho más fáciles, y serenas. A Jesús lo puedes traer ya en este momento a tu hogar, rezando y abriéndole la puerta del corazón. Por vos puede entrar, no lo olvidemos.


Y también nos dice que somos familia entre todos los cristianos. El que está a mi lado ES MI HERMANO, MI PADRE O MI MADRE, porque lo somos en Jesús. ¿Por qué pelearnos, por qué competir? El enemigo está afuera, no debe estar dentro. El mal, al que hay que combatir está afuera y si nos pasamos peleando entre nosotros, se hace un festín con niños, jóvenes y adultos a los que conquista para su rebaño. Somos la familia de Jesús, vivamos como tal.
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