sábado, 28 de febrero de 2015

AMAR A LOS ENEMIGOS Mateo 5,43-48.

Jesús dijo a sus discípulos: 
Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo.
Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores;
así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos?
Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?
Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

En al Antiguo Testamento, se reconoce como prójimo a aquel que es miembro del pueblo de Dios. No harás amistad con el enemigo, así establecían.  Dicen los que saben que en griego, la traducción del verbo es Odiarás a tu enemigo. Pero el verbo hebreo odiar tiene un sentido más amplio, es también negarse a una relación amistosa.
Quizás no sean enemigos personales sino , otros pueblos que conviven con los judíos en Palestina: no confíes en ellos, no los ayudes, son “perros al lado de la mesa de los amos”, o si es posible, hazlos desaparecer.


Hoy consideramos enemigos a aquellos que nos hacen daño, mal, que molestan que se oponen a nuestros principios, que nos atacan, que nos roban, que están en la “vereda del frente”. Son los que destruyeron nuestra infancia o nos hicieron un daño tan grande que es difícil olvidar, son los que no nos dejan vivir felices, los que nos acosan física o psicológicamente, persiguiéndonos , llegando incluso a dejarnos sin trabajo, son los profesores que, parece , se ensañan con nosotros hasta no dejarnos aprobar “esa” materia que  impide continuar. Son, a veces, los integrantes de la misma familia, personas en quienes hemos creído firmemente y nos han traicionado.

A veces vivimos como en un barrio de esos privados y cerrados: tenemos nuestro círculo de confianza, amigos, conocidos, los demás, los de afuera, detrás del cerco, que no entren si no es con el debido permiso, registro, e identificación.

Hoy Jesús, parece pedirnos un imposible: que no solo no le deseemos el mal, que no solo no lo “matemos con la indiferencia”, sino que nos dice: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores. 
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Si, quizás al pedido de Jesús habría que ponerle varias veces después puntos suspensivos. Poner un punto aparte y volver a los puntos suspensivos, porque nos deja pensando y mucho. Y nos habla de lo extraordinaria que debe ser nuestra vida y de cómo podemos sacar la cabeza en medio de la mediocridad, en lo que nos hace diferentes, en lo que nos distinguiremos como cristianos, en que dejaremos de parecernos mundanos, y llanos y seremos divinos y altivos, en el sentido del orgullo de llamarnos cristianos por parecernos a Él. Nos habla de esa perfección que tiene el Padre , que desoye las ofensas, que ama a todos, que a todos mima con el sol, el aire, la lluvia que riega, la montaña verde y fresca, con cada amanecer en que uno renueva sus fuerzas, algunos para hacer el bien , otros, lamentablemente para obrar el mal.

Es una tarea difícil la que tenemos, sobre todo cuando aquellos que consideramos enemigos, han dejado una herida profunda en el corazón. Es una tarea que quizás nos implique más tiempo que a otros, pero es una tarea que debo hacer, desde ya, sin esperar el día de mañana. De seguro que a lo largo del tiempo, lograremos desprendernos del rencor y empezaremos a orar por aquellos, sin desearle el mal, bendiciéndolos, es decir deseándoles el bien.  

¡ Así nos quiere Jesús!  El ejemplo lo dio aquellos días de su pasión y muerte, que a pesar de las heridas, de los latigazos, de la corona de espina, de la cruz, de los pasos hasta la cumbre, de los clavos, de la lanza, de la desnudes a la que fue sometido,  perdonó,  amó y  justificó: Padre , perdónalos, no saben lo que hacen.


Que Jesús nos de luz, paz y valentía para poder amar a todos.
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