miércoles, 1 de abril de 2015

MIERCOLES SANTO

Hoy, Miércoles  Santo, el evangelio nos  muestra a Judas, yendo a hablar con los sumos sacerdotes de aquella época y concertando un precio por entregar a Jesús. la actitud de Judas es seguida como por una luz potente que  sigue sus movimientos  en la última cena cuando Jesús lo pone en evidencia:
"¿Seré yo, Maestro?". "Tú lo has dicho", le respondió Jesús.

Estos días de semana Santa, nos llevan a mirar aquellos momentos últimos del Señor. Por eso, les propongo, adentrarnos también hoy,  en esos misterios de dolor que rezamos  habitualmente y que nos ayudan sobremanera a contemplar el rostro de nuestro amigo que sufre y entrega la vida por todos.

 CORONACIÓN DE ESPINAS
  
Mt. 27, 27 – 30
Los soldados romanos llevaron a Jesús al patio del palacio y reunieron a toda la tropa en torno a él.
Le quitaron sus vestidos y le pusieron una capa de soldado de color rojo.
Después le colocaron en la cabeza una corona que habían trenzado con espinos y en la mano derecha le pusieron una caña. Doblaban la rodilla ante Jesús y se burlaban de él, diciendo: «¡Viva el rey de los judíos!»
Le escupían en la cara, y con la caña le golpeaban en la cabeza.


La coronación de espinas se hizo en el patio interior del cuerpo de guardia. El pueblo estaba alrededor del edificio; pero pronto fue rodeado de muchos soldados romanos,  cuyas risas y burlas excitaban el ardor de los verdugos de Jesús.
 En medio del patio había el trozo de una columna; pusieron sobre él un banquillo muy bajo.
Habiendo arrastrado a Jesús brutalmente a este asiento, le pusieron la corona de espinas alrededor de la cabeza, y le atacaron fuertemente por detrás.
 Estaba hecha de tres varas de espino bien trenzadas, y la mayor parte de las puntas eran torcidas a propósito para adentro. Era un casco, más que corona.

 Le pusieron una caña en la mano; todo esto con una solemnidad, que presagiaba la burla.
 Le quitaron la caña de las manos, y le pegaron con tanta violencia en la corona de espinas, que los ojos del Salvador se inundaron de sangre.
Sus verdugos arrodillándose delante de Él le hicieron burla, le escupieron a la cara, y le abofetearon, gritándole: "¡Salve, Rey de los judíos!".

El Salvador sufría una sed horrible, su lengua estaba retirada, la sangre  que corría de su cabeza, refrescaba su boca entreabierta.
Siendo la cabeza la parte del cuerpo más irrigada por la sangre, sangraba abundantemente por todas las heridas de la cabeza provocadas por las espinas. 
Jesús fue así maltratado por espacio de media hora en medio de la risa, de los gritos y de los aplausos de los soldados formados alrededor del Pretorio.

 ¡Cuánto habrá deseado un poco de agua! Esa que Él pedía para sus pobres, para sus pequeños. ¿Qué costaba? Es que el agua podía limpiar un poco aquella imagen haciéndola menos morbosa para los soldados, y ya no gritarían tanto, ya no habría “circo”.

Parecía que el dolor, la muerte, el mal, triunfaba nuevamente.

Después de los azotes, faltaban  los pies, la cabeza y las manos. Ahora ya estaba la cabeza. Una nube de moscas y mosquitos habrá llegado hasta su cabeza para   aprovecharse de la debilidad de Jesús. No tenía fuerzas para correrlos. Estaba exhausto.

Tú ¿eres Rey?, le preguntó antes Pilato.

Si, lo soy. Aquí está mi corona, parece decir el Señor en esta escena.

Este es mi reino. De gente sencilla, de gente humilde, y trabajadora. Mis súbditos no son ni esclavos, ni socios, ni empleados: son reyes y reinas porque vine a rescatarlos con mi vida y mi muerte de la opresión de la limitación humana, de la muerte, del olvido. Mis reyes y reinas son mis amigos  y por ellos me entrego, porque los amo hasta el extremo. Si mi corona es de espinas, mi triunfo es de rosas…



Por eso, cuando las cosas nos cueste el doble, cuando sintamos que vamos demasiado contra corriente del mundo y que quisiéramos dejarnos llevar por la corriente global, ser uno más del montón, volver a la mediocridad, transar con el maligno, pensemos en este , nuestro Dios, en su corona, en su reinado. Y pensemos también en el final de la historia, en el triunfo, en la resurrección, en la victoria.



El nuestro es un Rey de espinas, donde cada una de ellas significa sacrificio entrega, incomodidad, penurias.
Me indican que todo costará más porque iremos por la senda estrecha,
Que no puedo entregarme tan mansamente al reinado del mundo, a sus pompas, a sus vicios, a sus males, que tengo que combatir, luchar, que debo hacer una buena defensa de mi fe.
Que no puedo ser servidor del mundo y de sus príncipes del mal.
Que el reinado de Cristo se ejerce en la humildad, hasta en la humillación.

El domingo de Ramos, el Papa Francisco nos decía entre otras cosas: Hay otra vía, contraria al camino de Cristo: la mundanidad. La mundanidad nos ofrece el camino de la vanidad, del orgullo, del éxito... Es la otra vía. El maligno se la propuso también a Jesús durante cuarenta días en el desierto. Pero Jesús la rechazó sin dudarlo. Y con él, sólo con su gracia, con su ayuda, también nosotros podemos vencer esta tentación de la vanidad, de la mundanidad, no sólo en las grandes ocasiones, sino también en las circunstancias ordinarias de la vida.
¿Cuál es su ley?... la contraria a la vanidad y el orgullo
 Artículo 1º: Felices los pobres de espíritu, y el mundo nos dice felices los altaneros, los soberbios, los que triunfan sin importar los medios o las personas que pisen.
Artículo 2º: Felices los mansos, y el mundo nos dice ser mansos es de tontos, es de débiles, es de enfermos.
Artículo 3º: Felices los que trabajan por la paz…  y el mundo pondera la violencia en todas sus formas, aunque diga que trabaje por la paz, porque en el mundo se aumenta la injusticia, la intolerancia, la exclusión.
Artículo 4º: Felices los limpios de corazón… y el mundo nos exalta la sexualidad desmedida, pondera al “vivo”, al “astuto”,  se ríe de la corrupción, la favorece…

Y así podríamos seguir.



ES UN REY, no lo olvidemos. Aquellos soldados profetizaron la vida cristiana: tenemos un rey, el más honesto de todos, el más humilde, el más justo, el que nos dice la verdad: no hay triunfo sin esfuerzo o sacrificio, no hay éxito sin humillación o “fracaso”.
Cada espina ayuda a fortalecer la vida. Estaríamos aburguesados si esas espinas fueran diamantes. Las espinas agigantan nuestra fe.


La coronación de espinas, en este Miércoles Santo,  nos ayuda a pensar, en qué Rey seguimos, a quién amamos, por quien nos jugamos la vida, a quien adoramos. Que cada espina fortalezca nuestra fe.
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