sábado, 18 de abril de 2015

SOY YO, NO TEMAN Juan 6,16-21.

Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar 
y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaún, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos.
El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento.
Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo.
El les dijo: "Soy yo, no teman".
Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban.

Había sucedido el milagro de la multiplicación de los panes. El pueblo recordaba aquello de que Moisés había alimentado al pueblo judío, entonces se dijeron: éste es el hombre, el que debía venir, el profeta esperado…y quisieron hacerlo rey, jefe de la revolución para echar a los romanos, poderoso e invencible…
Dice el evangelio que Jesús, viendo esto se alejó, huyó en algunas traducciones, al monte solo a rezar. Los discípulos se quedaron ahí un rato y al atardecer se fueron en barca hacia la otra orilla del lago. Seguramente a ellos también les vino el deseo de ver coronado a Jesús, el amigo, al que seguían. Esa necesidad de poder, es una levadura que, si no están atentos, si no bien interpretan el mensaje, puede volverse peligrosa, pues ya la visión sobre la misión del Maestro, fracasa.
Es lo que nos pasa cuando creemos que Jesús es o debe ser una moda que se impone un tiempo y luego pasa, que la cruz es una parte de la bijouterie con que adornamos nuestra ropa, o cuando acudimos a Él solo cuando hay necesidad, cuando hay hambre, cuando hay enfermedad, cuando estamos con miedo por algo.

Y remaban contra el viento fuerte. La realidad les volvía enseguida. ¿Qué Rey ni que Rey?, rememos que si no, nos va a ir mal. Iban contra del viento, contra de la oscuridad, y solos, es decir sin Jesús. Quizás se dieron cuenta (otra prueba como la de Felipe ayer)  que hacer todo lo de Jesús, sin Jesús, no era para nada bueno, que ser de la Iglesia no nos da garantía de que somos de Jesús, que debemos remar, luchar  pero con Jesús en la barca, que cuando nos falta Él, nos falta el aire, el alimento, la vida.

También nos ayuda a pensar que Jesús nunca nos deja solos en la adversidad, que podemos enfrentarnos a vientos a noches, pero que Él siempre está, que quiere  sí, que rememos, que nos esforcemos, que luchemos y que Él hace el resto.
Trabajar como que todo depende de uno, y rezar como que todo depende de Dios, o si quieren al revés,  tal como lo decía San Agustín.


Ellos quisieron subirlo a la barca, pero ésta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban.  La voluntad de subirlo a la vida  a Jesús, ya es poder llegar al lugar donde uno va, a lo firme a lo sólido. Esto nos vale para nuestros estudios, nuestros proyectos de vida, nuestros matrimonios o noviazgos, para nuestra vida consagrada. ¿Subimos a Jesús a nuestra vida?
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