viernes, 1 de mayo de 2015

CAMINO VERDAD Y VIDA Juan 14,1-6.

Jesús dijo a sus discípulos: 
"No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí.
En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar.
Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.
Ya conocen el camino del lugar adonde voy".

Tomás le dijo: "Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?".
Jesús le respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí."

No se inquieten, no se turben, no se desalienten… una herencia grande que nos dejó Jesús, es el optimismo, la alegría.
Palabras como desánimo, desconfianza, pesimismo, tristeza, deben pasar como un soplo por nuestra vida, pero nunca anidarse en ella de manera tal de anclarnos, de estaquearnos en lugares o momentos que no nos dejan vivir nuestra espiritualidad y nuestra vida misma.
Es bueno repetir una y otra vez: estoy en manos de Dios.  Él sabe lo que es bueno y justo para mi vida, Él sabe lo que necesito, y quiere para mí, un bien mayor que el que yo mismo quiero aunque no lo veamos así por el momento.


En todo este texto del evangelio, se siente una profunda protección del amigo, de Jesús. Primero eso de sentirnos que estamos en sus manos, que con Él estamos seguros y felices. Luego esto del hogar, de la casa. Nos da la sensación maravillosa de la seguridad del hogar.
 Una propaganda de cortinas que escuché el otro día dice: una casa te abriga  del frío, un hogar te abriga el alma. Muchas veces nuestras casas no son hogares. A veces son lugares de paso, comedores, habitaciones para dormir, pero cuesta sentirse cómodos, en paz, cuesta la unión y hay un ambiente “atado con alambre” que cualquier pequeño roce rompe la paz sobre todo cuando no está la mamá en casa. Padres enojados, mala relación padres e hijos, hermanos con envidia, afectos nunca dados, y miles de situaciones que configuran el: “cada familia es un mundo”.
Jesús nos da la certeza del hogar: ahí no habrá divisiones, ni falta de espacio, habrá lugares compartidos pero también cada uno su lugar, habrá almuerzos y cenas compartidas, habrá diálogo, bendición, paz. Habrá buena música y calor de hogar.  Y si a veces el sueño de la vivienda propia es algo muchas veces inalcanzable, este hogar está al alcance de nuestro trabajo, de nuestra voluntad, de nuestro deseo profundo de llegar a él.

¿Cómo? Quizás no podamos ver el final, la meta, pero si podemos meternos en el camino que es ya
el que nos lleva a esa meta. El camino es Jesús. Y en ese camino nos muestra qué es la verdad (y también que no es la verdad), nos muestra el bien , nos da la certeza en la búsqueda. En ese camino hay vida, tenemos vida, somos la vida, y poseemos LA Vida porque estamos con Él.

A trabajar por ello. Un trabajo que hoy honramos y pedimos. Un trabajo que no falta, un “laburo” por las  cosas de Dios que nos permiten llegar a la “vivienda propia”. Depende de nuestra voluntad, de nuestra apertura al Espíritu Santo, de nuestra búsqueda, de nuestro esfuerzo por conquistarla.


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