jueves, 18 de junio de 2015

PADRE NUESTRO Mateo 6,7-15.

Jesús dijo a sus discípulos: 
Cuando oren, no hablen mucho, como hacen los paganos: ellos creen que por mucho hablar serán escuchados.
No hagan como ellos, porque el Padre que está en el cielo sabe bien qué es lo que les hace falta, antes de que se lo pidan.
Ustedes oren de esta manera: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre,
que venga tu Reino, que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día.
Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido.
No nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del mal.
Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes.
Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes. (Palabra de Dios)

Jesús, ayer nos decía que debíamos meternos en nuestra interioridad para orar profundamente y poder entrar en el corazón del Padre.
Hoy, el evangelio nos recuerda aquel momento en que sus discípulos, le piden una señal distintiva en la oración que los diferencie a ellos de los seguidores de otros maestros que tendrían sus “salmos” a rezar.
Pedir el “pan nuestro de cada día”,  recuerda el maná de cada día en el desierto. El maná era una “prueba" para ver si la gente era capaz de caminar según la Ley de Señor, esto es, si era capaz de acumular comida sólo para un día como señal de fe que la providencia divina pasa por la organización fraterna. Jesús invita a realizar un nuevo éxodo, una nueva convivencia fraterna que garantice el pan para todos. El pan está, la ayuda divina está, ¿la organización fraterna, está? ¿En las comunidades, en la familia, en la Patria, en el mundo? ¿Acaso no vemos acumulación excesiva en unos pocos y grandes bolsones de pobreza por el otro? ¿Acaso no vemos nuestras sociedades divididas entre muy pocos ricos y entre muchísimos pobres.
El 50% de la población adulta concentra el 98% de la riqueza en el mundo. Vamos concretizando más: el 10% de la población del mundo, posee el 83% de la riqueza… concreticemos más aún: ¡¡el 1% de la población concentra el 43% de la riqueza!! Señal que algo no anda bien en el mundo.
Volviendo a nuestra oración: si éste pedido del pan de cada día era justamente para vivir con esa necesidad satisfecha por un día, quiere decir que las otras peticiones y oraciones a Dios, son también para el día. O sea que cada uno de nosotros debería recitar como un salmo cada día este Padre Nuestro vivido, pensado, reflexionado, dispuesto a ser mejor y dispuesto a hacer una sociedad más justa y de hermanos.
¿Por qué no nos enseñó: Padre mío, dame el pan mío de cada día, perdona mis ofensas…así personal, mío solito? Porque nos pide que cada  vez que recemos lo hagamos en nombre de todos como si fuéramos una sociedad que es comunidad, en que todos somos solidarios  los unos con los otros, donde el que está a mi lado es HERMANO, no enemigo, ni contrario, no rival, ni competidor…es hermano que tiene el mismo padre que yo.
Tres oraciones en nuestra relación con Dios, cuatro peticiones por la causa de mis hermanos y la mía: pan, perdón, victoria, libertad.
El pan para todos, un pan que llega del cielo y que nosotros haremos lo posible en el día que llegue a todos, con nuestro trabajo, esfuerzo, dedicación, solicitud, coraje y justicia.
El perdón de las deudas o el perdón de las ofensas, la que le pedimos a Dios y la que nosotros mismos hacemos con los que nos ofenden, una y otra, sumamente relacionadas.
No nos deje caer en la tentación, le pedimos,  que siempre estará, pero que en el día resistiremos con coraje y astucia alejándonos de aquello que nos provoca. No puedo decir “no nos dejes caer en la tentación” y buscarla, mirando, escuchando, metiéndome en laberintos de los cuales no puedo salir, quedándome en situaciones de las cuales es difícil escapar.
Líbranos del mal, decimos. Del mal de la pereza, de la gula, de la soberbia, del egoísmo, de la corrupción, del vacío existencial, de la depresión, del libertinaje, de la falsa concepción de la mujer objeto o del hombre, varón o mujer, rebajado al nivel animal, de la violencia familiar, de los vicios y adicciones que tanto mal hacen a nuestras familias.

Una vez por día basta. Así consciente, despacito, meditado, pidiendo a Dios y comprometiéndonos con una sociedad más justa. Parece una oración por lo repetida, fácil y monótona. Solo basta ir despacio para darnos cuenta de lo que nos exige, compromete  y logra en nuestra vida. ¿La rezamos? 
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