viernes, 18 de septiembre de 2015

MUJERES DISCÍPULAS Lucas 8,1-3.


 Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; 
Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes. (Palabra del Señor)

Hoy Jesús, nos muestra la igualdad evangélica y misionera de varones y mujeres.

 El hecho de que Jesús fuera acompañado por las mujeres era algo insólito entre los judíos. Las costumbres, no sólo judías sino de todo el Medio Oriente, estipulaban una estricta separación de los dos sexos que no les permitía alternar en público. Las mujeres permanecían en sus casas y cuando salían, lo hacían bien cubiertas y manteniéndose a cierta distancia o en un lugar aparte de los varones. Se consideraba escandaloso que una mujer hablara en público con un extraño, más escandaloso aún que un rabino se entretuviera en el trato con alguna mujer.

El trato de Jesús con ellas, fue entre todas sus actitudes la que más demostró  su soberana libertad  respecto de los imperativos culturales de la época. Muchas entendieron el mensaje y fueron con él, como discípulas.
Dios mismos las puso en primer lugar en los momentos de la Pasión y la Resurrección.
San Lucas es el evangelio de las mujeres pues en él se mencionan a las mujeres discípulas.
La tradición eclesiástica posterior a los momentos de pasión y resurrección no valoró este dado del discipulado de las mujeres con el mismo peso con que valoró el seguimiento de Jesús por parte de los hombres. ¡Es una lástima!

Las mujeres son las que aceptan primero el mensaje de Jesús. Es que es más sencillo entran por el corazón a las cosas de Dios y luego llegar a la razón.Los varones a veces hacemos el recorrido contrario y por eso cuesta más.

Las mujeres estuvieron con valentía dando la cara en el camino de la cruz, cuando otros se borraban. Tienen una aceptación al dolor y al sufrimiento más fuerte. Una de ellas a la que no le importó que la tildaran de seguidora de Jesús, se acercó rompiendo vallas para limpiar su rostro ensangrentado.
Estuvieron en mayoría a los pies de la cruz. Fueron las primeras anunciadoras de la resurrección, y sin caer en la antipática burla de por qué eligió Jesús a las mujeres para aparecerse a ellas primero, conmueve el hecho que se haya aparecido a una mujer primero, y que ella lo anunciara. Si hubiese sido un hombre posiblemente en el camino razonara y pensara que había sido un sueño, y bla bla bla…le dejaría paso a la razón o al escepticismo propio.

Las mujeres son misioneras con más valentía muchas veces que los hombres. Están en los hospitales, en los orfanatos, en casas de salud, son fundadoras de movimientos apostólicos y misioneros, sufren discriminación, violencia física y moral, sin embargo siguen, son luchadoras, son madres, entregan el corazón y también el alma, la vida…

Por eso siempre surge la misma pregunta  y los mismos interrogantes: ¿Por qué la Iglesia que siempre ha sido pionera en esto de la igualdad entre el hombre y la mujer, en la igualdad de derechos y obligaciones, porque si ha avanzado tanto en darle a la mujer el mismo honor y dignidad que le enseñó Jesús, no trabaja y propaga la plena igualdad en la vida y los ministerios de la Iglesia?

Siempre se encuentran respuestas de las más grandilocuentes y a veces ridículas, pero ¿será que algún día la Iglesia dé pasos en conseguir esa igualdad?

Esta unidad no anula la diversidad. El Espíritu Santo, que realiza esta unidad en el orden sobrenatural de la gracia santificante, contribuye en igual medida al hecho de que «profeticen vuestros hijos» al igual que «vuestras hijas». «Profetizar» significa expresar con la palabra y con la vida «las maravillas de Dios»,  conservando la verdad y la originalidad de cada persona, sea mujer u hombre. La «igualdad» evangélica, la «igualdad» de la mujer y del hombre en relación con «las maravillas de Dios», tal como se manifiesta de modo tan límpido en las obras y en las palabras de Jesús de Nazaret, constituye la base más evidente de la dignidad y vocación de la mujer en la Iglesia y en el mundo. Toda vocación tiene un sentido profundamente personal y profético. Entendida así la vocación, lo que es personalmente femenino adquiere una medida nueva: la medida de las «maravillas de Dios», de las que la mujer es sujeto vivo y testigo insustituible. Dice Juan Pablo II en Mulieres Dignitatis Nº 16.

Ojala que esa igualdad evangélica, sea igualdad en todo. Iban los discípulos y las discípulas a la par, al lado de Jesús y Jesús el maestro de todos uniendo a todos en el mismo objetivo común: llevar el evangelio, la buena nueva.

Buena jornada para todos… 
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