jueves, 22 de octubre de 2015

FUEGO QUE PURIFICA Lucas 12,49-53.


Jesús dijo a sus discípulos:
"Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!
Tengo que recibir un bautismo, ¡y qué angustia siento hasta que esto se cumpla plenamente!
¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división.
De ahora en adelante, cinco miembros de una familia estarán divididos, tres contra dos y dos contra tres:
el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra". (Palabra del Señor)
Fuego por un lado, agua por el otro… paz deseada y proclamada, división, malestar, enemistad a veces  por el otro… todo parece contradictorio. Es que Jesús mismos es signo de contradicción como le dijo el anciano Simeón a su madre el día de la presentación en el templo: “Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos», le dijo también en esa ocasión.
Y si bien el fuego es usado en muchas ocasiones  en la Biblia, éste fuego es un fuego que purifica, que limpia, que protege. Es el Espíritu santo que pone en orden todas las cosas, que orienta, que guía, que hace al mundo más de acuerdo a los planes de Dios sobre Él. No tiene que ver con ese fuego que Santiago y Juan querían hacer bajar sobre los samaritanos para castigo… éste fuego es AMOR, es Espíritu de verdad, de sabiduría. Un fuego que caerá definitivamente en un tiempo (que es también hoy) después que Jesús mismo se haya introducido en las “aguas” de su bautismo  que será la cruz, que será la muerte que será angustia, que será paso doloroso pero que traerá paz, alegría para siempre.
En un gran fogón en esas noches de renión, a veces alrededor del mismo nos encontramos con amigos. Es un fuego que, vaya a saber porque, nos atrapa, nos hace focalizar nuestra vista en tal o cual rama que se va consumiendo y que alimenta el fuego que calienta, que protege, que abriga. Todos mirando el fuego. De pronto comienzan a desprenderse pequeñas chispas que caen aleatoriamente  (por lo menos así parece) iluminando otros sectores, produciendo un festival de luz, que iluminan aunque en pequeña medida. Chispas que si caen en el lugar adecuado producen de nuevo fuego que a la vez purifica, abriga…
Dios es el fuego, cada uno de nosotros, esa chispa divina desprendida de ese mismo fuego. Tenemos en nuestro gen la marca registrada de Dios. Y aunque la vida nos lleve por caminos diversos, aunque nos hayamos alejado de Él, por desinterés, por dejarnos llevar por otras chispas efímeras que nos quemaron, aunque  nos escondamos de Dios, aunque despotriquemos contra Él, porque alguien de Él, nos hizo daño, no podemos borrar esa marca registrada, esa chispa divina que aún abriga el alma y que quiere ser azuzada para volver a vivir.
Decía san Agustín:
¡Tarde te amé,
hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé!
Tú estabas dentro de mí, y yo fuera,
y por fuera te buscaba, y deforme como era
me lanzaba sobre las cosas hermosas por Ti creadas.
Tú estabas conmigo,
y yo no estaba contigo.
Me retenían lejos de Ti todas las cosas,
aunque, si no estuviesen en Ti, nada serían.
Llamaste y clamaste,
y rompiste mi sordera.
Brillaste y resplandeciste,
y pusiste en fuga mi ceguera.
Exhalaste tu perfume,
y respiré,
y suspiro por Ti.
Gusté de Ti,
y siento hambre y sed.
Me tocaste,
y  deseé con ansia la paz que procede de ti.

Alguna traducción por ahí, este último renglón lo pone así: y me abraso en tu paz,   es decir me ardo, me inflamo, me incendio en tu paz.
Hay una violencia provocada por el odio, pero también una violencia que es parte de la misma vida: el parto, la violencia al crecer, la violencia al vivir, al tomar decisiones, todo es una lucha a la que nadie puede esquivar. Es que hay que luchar para crecer, dejar atrás etapas de la vida es difícil. Dejar la niñez para pasar a la adolescencia, dejar ésta para entrar en la juventud, resignar la juventud como edad cronológica para pasar a la vida adulta, elegir una profesión, elegir una forma de vida. A veces significa resignar cultura para irse a otro lugar, dejar amigos,  dejar comodidad.  
Asumir la vida cristiana, con todo el camino de alegría y paz verdadera, significa también resignar, elegir, significa ponerse del lado de la justicia y la verdad.  Significa sacar a luz en mi vida aquellos hechos escondidos y tapados que nos trajeron consecuencias dolorosas en el hoy y lo harán en el mañana, significa sacar para poder perdonar, significa hablar, significa vivir y luchar, significa hablar de Dios de paz, en un mundo que no quiere escuchar y ese mundo puede ser tu casa, tus amigos, y eso crea división, Jesús es signo de contradicción, porque él,  que puede dar paz a todos, es rechazado, es olvidado y a ti que sos su chispa, te quieren apagar a toda costa…
También nosotros somos signos de contradicción en el mundo. No olvidemos que somos esa chispa divina que debe encender de amor al mundo, a nuestro pequeño  mundo de un metro cuadrado.

Buena jornada para todos.
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