miércoles, 7 de octubre de 2015

PADRE NUESTRO Lucas 11,1-4.


Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos".
El les dijo entonces: "Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino;
danos cada día nuestro pan cotidiano;
perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación". (Palabra del Señor)

  

“mi política es la del Padrenuestro” decía Don Bosco. Es que no es una simple oración, es todo un proyecto, un proyecto de Jesús, un proyecto de la vida misma.

Me imagino aquella escena. Los discípulos mirando a Jesús rezar. Su cara, su expresión, su mirada, algo irradiaba lo distinto, lo nuevo. Estaba el maestro entrando al centro de su vida, para encontrarse con su papá querido a quien le hablaba como un hijo muy afectuoso. Les quedó la intriga: ¿qué dirá? ¿Qué palabras usará para dirigirse a Dios Padre?. Fue entonces que cuando Jesús, terminó de orar, ellos le pidieron: ¿dinos como hacemos, que decimos?,¿
 Como lo haces tú?  Entonces Jesús, que podría haber dado toda una clase teológica, filosófica y práctica de cómo hacerla, dijo simplemente:

Padre…así comenzó. Dios es Padre. No es un abuelito simpático, cordial, que tiene su tiempo para ver las “monerías” de sus nietos. No es un viejito de barba blanca… es un padre, que ama, que alienta, que ayuda a crecer, que vigila por uno, y también es el que pone límites, el que marca el camino, el que con el ejemplo y las palabras,  marca un estilo de vida, el que enseña los valores, el que corrige.. También  es un padre que nos hace hermanos entre nosotros, porque todos le decimos Padre al mismo ser. Por lógica si todos tenemos el mismo padre, somos hermanos entre nosotros… ¿somos hermanos entre nosotros?¿ Nos tratamos como hermanos?, nos alegramos con los logros y nos entristecemos con las penas?, o ¿al revés? ¿cuidamos nuestro hogar, nuestra tierra, nuestro mundo?... solo basta caminar por cada vereda, transitar por cada calle, entrar a cada oficina, hasta mirar dentro de la Iglesia misma para darnos cuenta que no vivimos como hermanos… ¿Qué hacemos nosotros? Porque si los otros no lo hacen, no nos quita la obligación de si hacerlo nosotros.

Santificado sea tu nombre… Dios no dejará de serlo a pesar de que lo insulte o blasfeme contra Él. Pero pedimos que podamos santificar su nombre en nuestras  alabanzas, y también con nuestros hermanos. Ahí tenemos una buena forma de ser hermanos de verdad…santificar el nombre de Dios en cada uno de los que me rodean: santificar el nombre de Dios en el niño por nacer, en el huérfano, en el que pide de comer, en el enfermo, en mi hijo, mi hija, mi padre o madre, en el abuelo, en la empleada de casa. Todo lo que le hicieras a uno de estos pequeños a mi me lo hacen dice Jesús

Venga tu reino…no hace falta hacer una convención para hablar de cuáles son los elementos del reino que deberían estar con nosotros ya. Lo sabemos… la paz, el orden, la justicia, la caridad, la bondad, la transparencia, la vida… cada uno como otro cristo, como seguidor suyo, sabe qué falta en su mundo para que haya “reino de Dios” ahí. Desearlo, visualizarlo, trabajar por lograrlo, empeñarse minuto a minuto. Muchos jóvenes sufren porque no pueden hacerlo en sus hogares ya, rotos, deshechos… pero pueden pensar en el suyo propio, en su propio proyecto, en su hogar futuro: soñar, luchar por lograrlo esta en sus manos.
Danos el pan cotidiano. Ese pan lo  logramos no por la dádiva.. Un pan que podamos conseguirlo con el sudor, con el esfuerzo. Entonces casi decir el pan cotidiano, es pedirle que no nos falte trabajo, ni voluntad para conseguirlo. Que no nos falte la cultura del trabajo sobre todo en ciertas sociedades que ya llevan hasta tres generaciones viendo vivir de la caridad, de la dádiva o de un simple “plan” que ayuda a paliar algunas situaciones pero que no debe convertirse en el centro de la economía familiar. Que no haya mesas sin comida, que no haya niños sin sustento diario… no es posible morirse de hambre en la patria bendita del pan dice la canción del X congreso eucarístico Nacional argentino.

Perdona nuestros pecados como perdonamos a los que nos ofenden… ese “como” no es adecuación de igualdad, sino de proporción. ¿Cuesta? Si que cuesta, pero perdonar es una manera de comenzar de nuevo, mucho más libre y con menos lastre que no deja elevar nuestra alma. Cuando perdonamos nos liberamos y comenzamos a vivir de manera distinta. Cuando más nos cueste, más debemos aferrarnos a su mano generosa que nos ayuda a ver a los demás de manera distinta porque Él va delante y al costado, es nuestro defensor y nuestro escudo, es nuestra fortaleza y nuestro refugio.

Y no nos dejes caer en la tentación… la tentación de lo fácil, de lo conseguido sin esfuerzo, de la lotería, de la cábala, la tentación del sexo, de la vida sin compromiso, de la vida sin pasión. No nos dejes caer en la tentación de quitarnos la vida, de vivir sin ilusión, de vivir tristes y sin esperanza. No nos dejes caer en la tentación de la corrupción de la plata mal habida… no nos dejes caer en la tentación de la infidelidad, de la doble vida… no nos dejes caer en la tentación de la discriminación hacia mis hermanos… todo eso como oración está bien… pero ¿Qué hago yo para no “tentar” a esa tentación? Si me meto en ciertos lugares, si veo tantas cosas, si no me alejo de ciertas personas, si pongo más esfuerzo en hacer un “machete” que en estudiar…

Buena jornada para todos…
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