jueves, 15 de octubre de 2015

PROFETAS DE AYER Y DE HOY Lucas 11,47-54.


Dijo el Señor:
«¡Ay de ustedes, que construyen los sepulcros de los profetas, a quienes sus mismos padres han matado!
Así se convierten en testigos y aprueban los actos de sus padres: ellos los mataron y ustedes les construyen sepulcros.
Por eso la Sabiduría de Dios ha dicho: Yo les enviaré profetas y apóstoles: matarán y perseguirán a muchos de ellos.
Así se pedirá cuanta a esta generación de la sangre de todos los profetas, que ha sido derramada desde la creación del mundo:
desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que fue asesinado entre el altar y el santuario. Sí, les aseguro que a esta generación se le pedirá cuenta de todo esto.
¡Ay de ustedes, doctores de la Ley, porque se han apoderado de la llave de la ciencia! No han entrado ustedes, y a los que quieren entrar, se lo impiden.»
Cuando Jesús salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a acosarlo, exigiéndole respuesta sobre muchas cosas
y tendiéndole trampas para sorprenderlo en alguna afirmación. (Palabra del Señor)

Otra vez el “ay” de Jesús, sobre sus contemporáneos. Pero también hacia nosotros. A todos nos atraviesa también estos reclamos. Porque todos, porque el mundo de una u otra manera ha eliminado aquellos profetas que le molestaban con sus enseñanzas. El mundo en sí, ha sido sutil para eliminar a todos los que se oponían a sus profecías: Jesús, muchos mártires, luther King, trataron con Juan Pablo II… después, los homenajes, las estatuas, los mensajes póstumos, las lágrimas…

Nosotros, cuando alguien nos dice algo, nos recuerda nuestra identidad cristiana, nos reprocha que nuestras obras no van en sintonía con nuestras palabras, lo desacreditamos,  nos enfurece, eliminamos de alguna manera también a los profetas.



También a nosotros cuando asumimos el rol de profetas y apóstoles, nos pasa. Nos desprestigian, nos hacen a un lado, nos abandonan los que se llamaban amigos, nos dejan solos en la lucha y nos hacen creer que es un acto de locura lo que hacemos por despegarnos “tanto” de las reglas del mundo. Y cuidado con que alguien salga a decir algo contrario, cuidado con que alguien salga a hablar de los narcos del barrio o de la villa, de los que se aprovechan de los jóvenes y aún niños para ofrecerles el maldito fuego de la droga, o que se aprovechan de la falta de trabajo y oportunidades para ofrecerles ser dealer en medio de otros jóvenes que conviven con él.



 Quizás siguiendo los consejos de Walt Whitman, un poeta norteamericano, podamos decir:
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno...


Claro, cada uno puede aportar una estrofa en la poesía de la vida. Cada uno puede llenar de sonidos la historia, sonidos bellos y suaves que traen vida, que son luz. Cada uno puede aportar su granito de arena  en esta jungla donde vale la ley del más fuerte y la del ojo por ojo diente por diente. Cada uno puede volver a empezar día a día a construir una sociedad que valga la pena, cambiando pequeñas
actitudes que sumadas a la de todos pueden cambiar el mundo. No dejemos de soñar. Dejar de idear ese futuro mejor, ya es haber sido derrotados por el pesimismo y hoy el mundo necesita profetas del optimismo, de la esperanza, de la alegría, de los valores, y de que con los valores se puede ser feliz. Profetas que le digan que la vida de Cristo es compatible con la vida de los hombres, que no nos pone palos en la rueda de la felicidad sino todo lo contrario, que nos impulsa a la felicidad verdadera, la que trae paz y serenidad al corazón. El mundo te necesita a vos y a mí, allí donde estamos, para ser profetas necesarios y obligados aunque nos cueste el único momento de descanso que tengamos, profetas en casa, en la universidad, profetas en las redes sociales, frente a la computadora, profetas con papá y mamá, profetas con los niños de la catequesis, con los jóvenes que vienen al grupo, profetas con quien está a mi lado y sufre esta vida que lo lleva por caminos malos.


Buena jornada, queridos profetas.
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