lunes, 2 de mayo de 2016

ENVÍO DEL ESPÍRITU SANTO Juan 15,26-27.16,1-4a.


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del
Padre, él dará testimonio de mí.
Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio.
Les he dicho esto para que no se escandalicen.
Serán echados de las sinagogas, más aún, llegará la hora en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios.
Y los tratarán así porque no han conocido ni al Padre ni a mí.
Les he advertido esto para que cuando llegue esa hora, recuerden que ya lo había dicho.»(Palabra del Señor)


Ser testigos, no trae privilegios. Al contrario, muchas veces significa desprecio, abandono de amistades.

Ser testigos en encender una luz en la oscuridad. Claro que molesta a los que viven en ella, pero a poco se dan cuenta lo bien que hace la luz.

Ser testigos en ser portador de verdad. Claro que molesta, hasta que el mundo  propio se da cuenta que mucho mejor es vivir en la verdad que en mentira.

Ser testigos  te hace llevar valores donde no los hay, contrastando con valores que no siempre son buenos de parte de los demás. Molesta, claro que si, hasta que el tiempo da la razón de cuánto sirve en una persona, en un niño, en un joven, vivir los valores para cimentar la vida sobre algo sólido.

Ser testigos, es poner luz incluso sobre zonas oscuras de la propia vida. Duele, causa malestar, pero esa luz sana y hace ver el futuro mucho mejor, desplegando alas para poder volar hacia metas a las que antes no podía partir por tener un hilo que me ataba al problema.

Ser testigos, no es para recibir aplausos, o títulos, o “alfombra roja”, o lugares de privilegio. El testigo, el de todos los días, el que está en la trinchera de la vida junto a su compañero de oficina o de estudio, ese difícilmente salga en diarios donde se resalte su tarea. Sin embargo su obra es grande,  pues salva vida, tuerce rumbos, da felicidad.

Para ello necesitamos el Espíritu Santo. Sin Él no podríamos ser testigos. Es nuestra fuerza interior, es el camino que conduce, que guía, es el que escribe, es el que pronuncia, es el que apacienta, el que consuela. No lo vemos, pero a poco va moldeando nuestra vida y nos lleva por donde es necesario. Un muchacho me decía alguna vez: había algo que me decía que debía quedarme al lado de aquella chica que no cruzaba la calle cuando el semáforo se lo permitía… cuando el semáforo se puso verde para los vehículos esta chica se abalanzó, y él, que se había quedado ahí sin conocerla, la tomó del brazo y la trajo hacia la platabanda (espacio entre las dos vías)  donde esperaban para cruzar.

Es él, el espíritu Santo. SOLO HAY QUE DEJARSE INVADIR Y GUIAR POR EL, solo hay que estar abiertos y escucharle y sentir que moldea nuestra vida.

No tengamos miedo. No nos quita la libertad. No nos hace alienados… nos hace felices porque nos hace comprender el bendito plan de Dios sobre la propia  vida y la de los demás.


Buena jornada para todos.
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