jueves, 15 de septiembre de 2016

NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES Juan 19,25-27.



Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: "Mujer, aquí tienes a tu hijo".
Luego dijo al discípulo: "Aquí tienes a tu madre". Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa. (Palabra del Señor)


Hoy, hacemos memoria de nuestra Señora de los Dolores. Ella al pie de la cruz, de pie, no abatida, ni desmayada, a pesar del dolor.

Lo había concebido, nueve meses siendo un santuario viviente del niño-Dios. Le había dado de mamar, le había dado de comer las primeras papillas, le enseño a caminar, a comer, a jugar. Lo introdujo en la vida junto a su papá adoptivo. Caminaron al desierto, a Egipto para salvarlo de la locura de un gobernante celoso que quiso matar a todo el que se pusiera en su camino de poder. Le hablaba en cuentos que luego Jesús transformará en parábolas para que la gente entienda, lo dejo ir a la edad oportuna, lo sufrió desde lejos cuando los familiares le decían: ¡tu hijo estás loco, tráelo de vuelta!, pero desde siempre, ella guardaba las cosas en el corazón y las meditaba, y las hacía vida, y se dejaba guiar por esa “filosofía” de la oración y la contemplación. Ya un día había recibido el anuncio privado del ángel que ¡por fin!, su prima Isabel tres meses después ratificara cuando fue a visitarla y el niño (Juan) saltaba en su panza, lleno de alegría, de energía, de vida.


Ahora estaba ahí. Había sido testigo presencial de un juicio sin juicio, de una condena absurda, de un maltrato sin igual, de los azotes, del castigo, de la coronación de espinas filosas y duras que rompían cada fibra, azotes y corona, de la piel ya sensible de aquel niño, joven que había llevado en sus brazos algún día.


Y estaba ahí, al pie del dolor de su hijo. Los que pasaron por esto, saben  lo duro que es ver a un hijo morir. Algo que quizás ellos no pueden expresar con palabras. Se muere papa o mamá…somos huérfanos, pero cuando se muere un hijo, es algo que no tiene nombre, dicen, ni forma de comunicarse o explicarse… ella estaba al pie, viendo como su hijo, se desangraba hasta la última gota por gente que aun en ese momento seguía insultando y maldiciendo…


Y ahí nos la deja, con casi el último aliento. Ella es nuestra madre, también del dolor.


Si supo, si pudo, si quiso estar al pie de la cruz de su hijo ¿Cómo no querrá estar a los pies de nuestras cruces y dolores? Nos ve sufrir, nos ve llorar, nos ve gritar de dolor o de angustia, y está ahí, firme, dándonos fuerza para que no bajemos los brazos, para que pensemos que ¡si se puede!, para que podamos ver lo que viene después que es la resurrección, el amor, la alegría definitiva.


Hoy en mi Patria chica, celebramos también un Milagro grande, cuando dicen los historiadores, una imagen de la Inmaculada Concepción cayó desde tres metros en un terremoto, sin hacerse daños, con el rostro sin su belleza habitual, y quedó como postrada a los pies de una imagen de un Cristo Crucificado. Es como si María, de nuevo a los pies de su hijo, pidiera, suplicara que cesen esos temblores que días  anteriores habían destruido  una ciudad cercana a unos 150 km , la ciudad de Esteco. Era el Milagro de Salta un pueblo que sacó a la calle, aquel Cristo llegado cien años antes. ¡Y de esto hacen más de 400 años!. Hoy cerca de 700 mil personas de nuevo se congregan renovando un pacto de amor entre Dios y el pueblo, pidiendo que cesen más temblores modernos, que haya salud, que la vida le gane a la muerte de la droga, que no haya más trata de personas, que los jóvenes puedan promocionarse humanamente, que nunca falte el trabajo…tantos temblores, hoy junto a nuestra Madre que supo del dolor en carne propia, nos pondremos a los pies de la cruz  del Señor del Milagro y a los pies de  tantos hermanos que sufren y ruegan…



Buena Jornada para todos. Que haya mucho Milagro en nuestra vida.
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