miércoles, 12 de octubre de 2016

IMPUESTO DE LA MENTA Y LA RUDA Lucas 11,42-46.



«¡Ay de ustedes, fariseos, que pagan el impuesto de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, y descuidan la justicia y el amor de Dios! Hay que practicar esto, sin descuidar aquello.
¡Ay de ustedes, fariseos, porque les gusta ocupar el primer asiento en las sinagogas y ser saludados en las plazas!
¡Ay de ustedes, porque son como esos sepulcros que no se ven y sobre los cuales se camina sin saber!".
Un doctor de la Ley tomó entonces la palabra y dijo: «Maestro, cuando hablas así, nos insultas también a nosotros».
El le respondió: «¡Ay de ustedes también, porque imponen a los demás cargas insoportables, pero ustedes no las tocan ni siquiera con un dedo!» (Palabra del Señor)

La menta y la ruda, crecían en forma silvestre, en cualquier parte. Nadie se ocupaba en calcular el diezmo sobre aquello. Jesús les dice : se ocupan de esto tan sencillo, tan insignificante y olvidan lo principal: la justicia, el amor a Dios. Nosotros, cristianos, debemos valorar las cosas según su importancia. No despreciar lo pequeño, por pequeño, pero centrar el esfuerzo en lo fundamental: la vida de gracia, la justicia, el amor a Dios, el amor a los hermanos. Quedarnos en lo pequeño creyendo que con eso ya cumplimos  es volver a pagar “impuesto sobre la mente y la ruda”.
Aquellos escribas estaban todo el día revisando la ley de arriba abajo y le decían al hombre lo que deben hacer. Muchas veces manipulaban la conciencia, imponiendo la observancia de innumerables preceptos exteriores. Eran dueños de la “llave de la conciencia religiosa” solo ellos dictaminaban lo que se debía hacer, lo que se debía ser, lo que se debía dejar de hacer. Pero no movían un solo dedo en hacer todo lo que pedían a los demás…ponían cargas pesadas sobre el hombro de la gente.
La cuestión no está en saber mucho sino en cumplir lo que se sabe…no en echar cargas sobre los hombros de los demás sino en ayudar a llevar la carga a los demás.

Y como se trata no solo de dejar de hacer lo malo, sino mejor comenzar a hacer lo bueno, aquellos consejos que nos daba Juan Pablo II en la carta pastoral con motivo de la llegada del año 2000, vienen  muy bien:



1.   Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Es decir descubrir el rostro de Dios en uno mismo y en los hermanos. En ellos está Jesús. Lo veo, lo protejo, lo cuido, lo ayudo…
2.   Espiritualidad de la comunión significa, capacidad de sentir al hermano… como "uno que me pertenece", para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad…. ¿Qué acaso soy yo el guardián de mi hermano? Dijo Caín a Dios cuando Él le preguntó por Abel… si, Dios nos hace guardianes de los hermanos…

3.   Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un "don para mí"… cada uno es un don para el otro, incluso aquel que me molesta, me quita paciencia…
4.   Espiritualidad de la comunión es saber "dar espacio" al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros … rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. Dar espacio, saber hacer el tiempo para escuchar, ayudar con dinero, con acciones, con acompañamiento, al que la pasa mal, al que está al lado, a todos…
Es una buena tarea, que nos exige vivir en coherencia nuestra fe, sobre todo llevando la carga de los otros. Si los otros hacen lo mismo con nosotros, estaremos en camino de lo que nos pide Jesús: una sociedad más fraternal en Dios.

Buena jornada para todos. 
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