sábado, 28 de enero de 2017

EL VIENTO Y EL MAR LE OBEDECEN Marcos 4,35-41.



Al atardecer de ese mismo día, les dijo: "Crucemos a la otra orilla".
Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya.
Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua.
Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal.
Lo despertaron y le dijeron: "¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?". Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: "¡Silencio! ¡Cállate!". El viento se aplacó y sobrevino una gran calma.
Después les dijo: "¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?".
Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?". (Palabra del Señor)

Si creemos que la Palabra de Dios, es Palabra  para nosotros hoy, entonces, la primera pregunta es

¿Cuál es la otra orilla a la que cruce?.

Quizás sea el crecimiento propio, quizás la decisión que he tomado o que tomaré. Quizás salir de una vida de comodidad para enfrentarme al mundo real del trabajo, de la profesión, del empleo. Quizás sea la enfermedad a la que no quisimos  viajar pero que las olas nos fueron llevando…hasta salir de casa es “cruzar a la otra orilla”. Casarnos, consagrarnos, ir de apostolado, mudarnos, emigrar… todo parece un cruzar a la otra orilla.

Entonces pasa que tenemos momento de solaz y de tranquilidad, donde las aguas son cristalinas y hay una convivencia plena con el medio, felicidad, paz, serenidad.

Pero pasa también que vienen olas de agitación y turbación. Esas que invaden el alma, aplastan, demuelen; son las cosas de la tierra, obligaciones de estado, de trabajo de profesión de estudio, desengaños, desamores, dolores. Olas que arrastran todo, hasta las ganas de vivir, de practicar el bien, de rezar, el deseo de mejorar, de sonreír, de perfeccionarse. Muchas de estas olas, nos hacen perder la vida de intimidad con Dios, nos hacen dedicarnos  mucho a lo terrenal. Noticias que nos hacen perder la calma, y muchas cosas más que nos pasan a lo largo del día y de la vida.

Hay veces que queremos resolverlo solos, con nuestras fuerzas. Hacemos el esfuerzo pero es insuficiente. Hasta que nos percatamos que contamos con ayuda ¡¡¡la de Dios!! Que, según nosotros está dormido en la vida.


Entonces imploramos, bien o mal pero lo hacemos. Y viene la calma pero también las preguntas a los discípulos y a nosotros:



"¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?".

Ambas, el miedo y la fe, son excluyentes…si tengo miedo es porque no tengo fe, no confío en que Dios conduce mi barca, mi vida, mis sentimientos. Y si tengo fe, y tengo la certeza de que Dios está siempre, no puedo tener miedo. El miedo paraliza, el miedo al compromiso, a salir a la calle, a enfrentar problemas, a rendir examen de una materia,  a tener que hablar…pero ese miedo se demuele con la fe en Dios. ¿Qué predomina en nosotros?  Preguntas que yo, al menos, me hago. Preguntas que cuestionan mi fe, que me ayudan a crecer en ella.


Buena jornada para todos. Con la sonrisa de saber que Jesús está, que con Él no tenemos miedo, que pueden venir olas desestabilizadoras pero que con su palabra se vuelve todo calma.
Publicar un comentario