miércoles, 19 de julio de 2017

TE ALABO PADRE, SEÑOR DEL CIELO Y LA TIERRA Mateo 11,25-27.



Jesús dijo:
"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así lo has querido.
Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar."(Palabra del Señor)

Los rabinos y sabios de su tiempo, lo rechazaban. Mucho antes unos sabios venidos de oriente, indicaron a todo el mundo donde estaba el niño Dios y postrándose, lo adoraron mientras le llenaban de regalos provenientes del corazón de cada reino.

No condena Jesús la actividad intelectual. Lo que condena es el orgullo intelectual. No condena a los más inteligentes y sabios, condena la cerrazón que tienen algunos en el corazón y que les impide “ver” con los ojos del alma, “escuchar” con los oídos espirituales, todo aquello que se revela por medio de Jesús.

Aquella vieja historia nos dice que el santo y teólogo Agustín de Hipona  un día paseaba por la playa mientras iba reflexionando sobre el misterio de la Santísima Trinidad. Trataba de comprender, con su mente analítica, cómo era posible que tres Personas diferentes (Padre, Hijo y Espíritu Santo) pudieran constituir un único Dios.

Estando en esos pensamientos,  encontró a un niñito que había excavado un pequeño hoyo en la arena y trataba de llenarlo con agua del mar. El niñito corría hacia el mar y recogía un poquito de agua con un pequeño recipiente. Después regresaba corriendo a tirar el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez.
Aquello llamó la atención de Agustín, quien lleno de curiosidad le preguntó al niño sobre lo que hacía:

–Intento meter toda el agua del océano en este hoyo –le respondió el niñito.

–Pero eso es imposible –replicó el teólogo– ¿cómo piensas meter toda el agua del océano que es tan inmenso en un pozo tan pequeñito?

– Al igual que tú, que pretendes comprender con tu mente finita el misterio de Dios que es infinito…

Y dice la historia que  en ese instante el niñito desapareció… ¿habrá sido realmente así? O ¿lo usó san Agustín para explicar lo profundo e inmenso del amor y poder de Dios, que nosotros los hombres orgullosamente tratamos de explicar con la mente o tratamos de entender o conocer intelectualmente?

El Hijo conoce al Padre, el Padre conoce al hijo. Sabemos que  no se trata del conocimiento  intelectual, sino que se trata de vivirlo, de aceptarlo desde el corazón. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”, nos decía Benedicto XVI en su encíclica  DEUS CARITAS EST, sobre el amor de Dios. encuentro con una persona, cara a cara, de frente, mirando a los ojos. Eso nos pasa cuando nos encontramos y por lo tanto, conocemos a Jesús.
Si  el Padre conoce al hijo,  y Jesús conoce al Padre y se lo da a conocer a quien quiere, es decir a todos, está en todos y por supuesto en cada uno, aceptar desde el corazón esto que Jesús nos revela.  Es así de sencillo y eso tan sencillo, a muchos les cuesta lograr, porque su vida es un entramado de pensamientos, de dudas, de orgullo, de creerse más que Dios, o de querer entender a Dios desde lo pequeño de nuestra inteligencia finita.


—Adiós —dijo el zorro—. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos. —Lo esencial es invisible para los ojos —repitió el principito para acordarse.

El corazón, no la cabeza , es el hogar del evangelio. No es la inteligencia lo que cierra las puertas, es el orgullo. No es la necedad lo que le admite, es la humildad.

Que Jesús, que nos revela el amor de su Padre, encuentre en nosotros corazones abiertos con poco orgullo y necedad, para que podamos conocer a Dios, a Jesús mismo, y , conociéndolo, lo podamos dar a conocer a todos.


Buena jornada para todos. Dios bendiga nuestro día-

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