miércoles, 2 de agosto de 2017

EL TESORO Y LA PERLA Mateo 13,44-46.




Jesús dijo a la multitud:
"El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas;
y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró." (Palabra del Señor)

Dos parábolas, sencillas, muy llenas de enseñanzas y de vida.


En una, el hombre realiza una tarea habitual: cavar. Seguramente bastante profundo pues los tesoros (al no haber bancos) se guardaban bajo tierra, en los campos, bien escondidos. No importa a quien pertenecía: lo que interesa
es que es un tesoro, encontrado en el momento de la tarea habitual.


En la otra, el hombre busca y busca…recorre caminos, quebradas, llanos, ciudades, países, recorre doctrinas, filosofías, escuelas, hasta que encuentra lo que buscaba, algo de gran valor.


En ambas, los hombres venden todo lo que tienen  para adquirir el campo, en una y la perla en otra.


Hay una decisión fundamental en estos dos hombres de dejar todo para poseer  el tesoro de incalculable valor que han encontrado. Vender todo para quedarse con Todo.
Con el tesoro, escuchamos que merece la pena cualquier sacrificio con tal de obtenerlo. A veces,  caminos emprendidos, a veces amistades que no nos hacen bien. Hábitos, expresiones de cultura, formas de vida… y también seguridades, confianza en el dinero o el estatus de vida.


Con la perla, sabemos que hay otras perlas de gran valor, que nos gustan y nos hacen bien. Sí, hay belleza en la cultura, en el arte, en el conocimiento, en la literatura, en la música bella que endulza los oídos, perlas en los viajes… pero una sola de valor incalculable.


Una publicación que me llega  en forma diaria me recuerda aquella historia de Alejandro Magno. Llega a las costas de fenicia en el año 335 AC. Debía emprender una batalla en desventaja: el enemigo superaba en tres veces el número de sus soldados. Sus hombres estaban atemorizados y no encontraban motivación para enfrentar la lucha. Habían perdido la fe y se daban por derrotados.  Entonces Alejandro Magno, viendo esto, mando quemar las naves y les dijo:

¡Observen como se queman los barcos, esa es la única razón por la que debemos vencer, ya que si no ganamos, no podemos volver a nuestros hogares, y ninguno de nosotros podrá reunirse a su familia nuevamente, ni podrá abandonar esta tierra!       ¡Debemos salir victoriosos en esta batalla, ya que solo hay un  camino de vuelta y es por el mar.

       ¡Caballeros, cuando regresemos a casa lo haremos de la única forma posible, en los barcos de nuestros enemigos! "





Desde ahí, “quemar las naves” es la manera de decir: debemos dar hasta el último esfuerzo para conseguir todo. Ya no hay vuelta atrás. Hay que quemar todo, vender todo para conseguir ese tesoro que tanto bien nos hará o esa perla que tanto nos costó encontrar. ¿Estamos dispuestos? ¿A vender  el egoísmo, el orgullo, a cavar hondo, a encontrarnos a nosotros mismos, a dejar el pasado, a buscar y buscar?


Buena jornada para todos. Que Dios bendiga nuestro día y que estemos dispuestos a quemar las naves a fin de conseguir la felicidad.



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