jueves, 26 de abril de 2018

Juan 13,16-20. EL QUE COMPARTE MI PAN




Después de haber lavado los pies a los discípulos, Jesús les dijo:
"Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía.
Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.
No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí.
Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.
Les aseguro que el que reciba al que yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió".
Palabra del Señor.


El que comparte mi pan se volvió contra mí. Esto que Jesús dice está cargado de un sentimiento muy fuerte y deja ver el dolor de Jesús, no la rabia ni odio, por la traición de uno de sus amigos, judas. Comer el pan con alguien o sentarse a la mesa con alguien era una señal de amistad o de relación muy profunda. Sentarse en la mesa de otro, era señal de deslealtad, de traición.
 El salmo 55 dice:

Si fuera mi enemigo el que me agravia,
Podría soportarlo;
Si mi adversario se alzara contra mí,
Me ocultaría de él.
¡Pero eres tú, un hombre de mi condición,
Mi amigo y confidente,
Con quien vivía en dulce intimidad:
Juntos íbamos entre la multitud
A la Casa de Dios!

Ver que Judas no rechazaba aquel pedazo de pan remojado, entregado por Jesús, como ultimo
arrepentimiento, le dolía y mucho. Estaba sentado hace tiempo ya en la mesa de Jesús, era su amigo, su compañero de ruta, y ahora lo traicionaba.
Entonces vienen a nuestra memoria aquellas palabras también de la última cena: ya no les llamo siervos, ni empleados, ni esclavos, ni dominados… Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.


Así nos llama: AMIGOS. Es decir nos tiene sentados a su mesa, compartiendo el pan. Cuando en una reunión familiar, nos encontramos compartiendo un asado, una cena, una comida fraterna y feliz, estamos no solo compartiendo el pan, estamos compartiendo el alma, la vida.

¿Cuántos hay que, estando ahí, sentados junto a Jesús lo han traicionado? Ojalá no seamos nosotros. Entendemos que el dolor que le produjo aquella traición, se repita en cada una de nuestra pequeñas traiciones, infidelidades para con su amor y su amistad.

También nos dice que de alguna manera esta tragedia estaba escrita en el plan de Dios: Jesús la aceptó sin la menor resistencia, pues valía una redención del mundo entero. Había que pasar por la cruz. Algún día los discípulos comprenderían.


Algún día cuando miremos nuestra vida, nos daremos cuenta que todo ha pasado por algo, que el dolor nos fortalece, que las traiciones nos hacen unirnos más a los que nos quieren de verdad, que un fracaso, si es bien potenciado, nos sirve para la gloria, para el triunfo, que una derrota nos sirve para no cometer errores otra vez, que una enfermedad nos hace aferrarnos más a la vida y gozar de ella en cada pequeño instante. Así como la muerte de nuestro Buen Jesús, así cada una de nuestras pequeñas muertes nos sirven y mucho para lanzarnos a la vida y hacernos mejores. Solo queda , descubrir esa enseñanza y no victimizarnos creyendo que todo nos pasa a nosotros.

Y también nos da la seguridad que, sentados a la mesa de Jesús, su amistad, nos hace grandes. Que quienes nos vean dirán: es Jesús mismo que habla, que camina, que vive en este muchacho o en esta muchacha, en este señor en esta señora. Esta persona nos trae paz, es una persona serena, nos habla de algo que nunca escuchamos ni sentimos, su presencia nos engrandece, su presencia nos promociona, nos trae belleza de alma.

Buena jornada para todos. Ojalá estemos sentados a la mesa con Jesús pero seamos como los once y no como aquel uno que decidió darle la espalda.

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