viernes, 6 de julio de 2018

Mateo 9,9-13.¡¡SÍGUEME!!



Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". El se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos.
Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: "¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?".
Jesús, que había oído, respondió: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos.
Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".
Palabra del Señor


El publicano Mateo. Uno de esos muy odiados. Se le llamaba publicano porque manejaban dineros y fondos públicos. Los romanos tenían problemas para cobrar los impuestos en aquellas regiones lejanas, sin movilidades ni comunicaciones fáciles. Entonces subastaban el derecho a cobrar impuestos. El que cobraba, le daba al imperio lo solicitado y después, todo lo demás podía quedárselo. Imposible saber lo que se pagaba en otros lugares pues no había forma de saberlo y comparar y menos, de apelar un pago.

Los funcionarios encargados de ello se contrataban entre los provinciales. A menudo eran voluntarios. En cada distrito había una persona encargada de los impuestos, y no le era difícil forrarse los bolsillos del dinero de la gente, de sus paisanos, de sus amigos, de su gente conocida, de la gente del mismo barrio, hermanos casi de sangre.

Por eso a estos personajes, se le tenía un odio feroz, puesto al servicio de los conquistadores de la nación, se enriquecían con el sacrificio de los compatriotas...eran , mucho de ellos, deshonestos, incluso para cobrar los impuestos a los ricos, en contra del gobierno, aceptando coimas para que paguen menos.

Hasta eran expulsado de sinagogas, tenían una categoría, “categórica”: lo ponían en la misma bolsa de juicio que ladrones, asesinos y publicanos…

A esta persona, llamó Jesús. A veces pensamos: ¿a mí me llama Jesús? si soy peor que el diablo… ¿a mí me elige? Y siempre nos queda esa duda ¿Por qué a mí? ¿Por qué me mima tanto, porque me regala tantos dones, por qué me ha elegido entre tantas personas, por qué, cuando me vio en “mi mesa de recaudación de impuestos” me dijo, sígueme, siendo lo que he sido?

 Quizás la respuesta la cantamos alguna vez:

A veces me pregunto: "¿por qué yo?" 

y sólo me respondes: "porque quiero". 
Es un misterio grande que nos llames 
así, tal como somos, a Tu encuentro. 

Entonces redescubro una verdad: 
mi vida, nuestra vida es Tu tesoro. 
Se trata entonces sólo de ofrecerte 
con todo nuestro amor, 
esto que somos. 

¿Qué te daré?, ¿qué te daremos?, 
¡Si todo, todo, es Tu regalo! 
Te ofreceré, te ofreceremos 
esto que somos... 
Esto que soy, ¡eso te doy! 


Parte de esa bella canción de Eduardo Meana: esto que soy, esto te doy.

Esa invitación le hizo saltar como un resorte a Mateo: él se levantó y lo siguió, dice el evangelio. 
Seguramente alguna vez lo había escuchado de lejos, sabía quién era, y había algo en él, esa llamada del corazón, esa memoria de Dios presente en cada uno, que le hizo acudir rápido. En un instante puso en la balanza lo que pierde y lo que gana

Perdía un cómodo trabajo, buenos ingresos, buen pasar, amigos de esos que están en las buenas, lujos, fiestas, diversiones pagadas… pero ganó mucho más. Ganó un destino, tesoros en el cielo. Gano DIGNIDAD, paz, gozo del alma, amigos verdaderos, ganó su lugar en la historia. Ganó la amistad de Jesús, la amistad de los otros discípulos, ganó la batalla contra él mismo, la batalla de la comodidad, de la zona del confort, se puso al servicio de los demás, al lado de Jesús.

Puede ser que al aceptar el desafío de Jesús, también nosotros perdamos  comodidad, tiempo de ocio, perdamos el gusto por las cosas materiales,  pero GANAMOS , paz, gozo y un interés por la vida que nunca entendemos por qué, le encontramos sentido a la vida, a nuestra misión en la tierra.  En Jesús encontramos riquezas  que superan ampliamente  todo lo que se pueda abandonar por Él.

Quizás seamos o estemos rodeados de los enfermos que piden a gritos silenciosos, al médico divino. Él, lo dijo; no son los sanos que necesitan del médico, sino los enfermos. Él viene, él pasa, como por la mesa de Mateo y nos dice: sígueme. ¿Yo? ¿ Por qué yo?... porque quiero, responde, porque TE quiero.

Buena jornada para todos. 

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