miércoles, 27 de marzo de 2019

Mateo 5,17-19. VINO A DAR CUMPLIMIENTO A LA LEY



Jesús dijo a sus discípulos:
«No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.
Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.
El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.»

Palabra del Señor



Pero, ¡si en muchas ocasiones Jesús se opuso al legalismo judío que ataba más que desataba! Y ahora nos dice que vino para cumplir la ley y los mandatos de los profetas… podría ser un pensamiento de quienes lo escuchaban. ¡Ustedes que ponen normas sobre las espaldas de los demás y no son capaces de mover un dedo! Les decía a los fariseos que escuchaban.



Es que entonces, nos hace pensar en “esa” ley de la que hablaba Jesús, llegar hasta el principio, hasta aquello que quería Dios desde  un comienzo y que el hombre, en su limitación intelectual fue acotando para ,dice, creer mejor, ser más práctico en el cumplimiento de lo pedido… y así caímos en normas, normitas, reglas que más bien nos marcan un sendero, pero no nos muestran el camino real.



¿Cuál es el principio verdadero que hay detrás de la Ley, ese principio que Jesús vino a cumplir, que vino a revelar a los hombres?



Pensemos por ejemplo en los diez mandamientos, esos que aprendimos de chicos y que muchos dicen que son caminos de vida y otros dicen que son obstáculos en la vida para retener nuestra felicidad…

Esos primeros mandamientos , hablan de la debida reverencia a Dios,  al nombre de Dios, al día del Señor y los que vienen, hablan  del respeto hacia los demás, los padres, la vida, los bienes, la verdad, el buen nombre, el otro… entonces , aunque sean tan antiguos, nos damos cuenta que la sociedad actual y a veces nosotros, no cumplimos ni esto pues la reverencia a Dios queda lejos, ausente, y queremos hacer una vida sin Él, sin límites, sin nada que, decimos, nos oprima y quizás por alguna mala experiencia, nos alejamos de Dios, como nos alejamos de la Iglesia, creyendo que así como la Iglesia falla por sus hombres y mujeres, también falla Dios.

Creemos no necesitar a Dios, creemos que, como antes rezábamos para pedir salud, hoy podemos bastarnos a nosotros mismos con la ciencia y la medicina y tratamos de explicar la vida con nuestros razonamientos limitados, abarcando a Dios en nuestra pequeñez.



Y tampoco respetamos al otro. A veces en lo más elemental, estamos siendo irrespetuosos con los demás. Solo basta pensar en la lucha que llevan algunos para instalar, para empujar, para convencer con mucho dinero encima, las bondades del aborto , que no mira el rostro futuro de tantas personas, sino una conveniencia o un , según dicen, derecho de mujeres de hacer con su cuerpo lo que quieran.

Tampoco respetamos la verdad, el honor, la fama, hasta los bienes de los demás. No respetamos la dignidad de las personas, sean estos de esos seres más vulnerables de la sociedad o sean con aquellos que alquilan su cuerpo para satisfacer a algunos.


Ni reverencia a Dios y ni respeto hacia los demás


Aquellas normas viejas del antiguo testamento, quizás se  cumplían, siendo detallistas en ese cumplimiento. Esa era la motivación  de escribas y fariseos: satisfacer las demandas de la ley. Hasta ahí se podía. Haciendo un esfuerzo se podía satisfacer  las exigencias de cada letra… ahora lo que Jesús nos vino a reforzar, lo que vino a decirnos que la motivación  nuestra como cristiano, lo que da cumplimiento a eso que Dios pensó, es el AMOR, y las demandas en el amor no tienen  limite, ni tiempo, ni edad. “Ama y haz lo que quieras”  decía san Agustín. Ojalá nos diéramos cuenta del amor que Dios nos tiene, para que nuestro anhelo sea responder a ese amor con una obligación mucho más vinculante que cualquier ley o mandamiento o precepto.



Así , celebrar la eucaristía, por ejemplo,  sería lo que realmente es, el encuentro con un Dios vivo que quiere alimentarme con su palabra y su cuerpo y unirme a otros hermanos a quienes me abrazo en comunidad… ya no sería ese cumplimiento riguroso de un precepto u obligación que me mandan. Todo sería devolver el amor. Así amar a una persona, no robarle, no difamar no mentir, no herir, sería consecuencia del amor, que en Dios, le tengo porque reverencia a Dios y respeto al otro, van de la mano.



Hay una deuda con Dios. La deuda del amor. Él nos amó primero, no eligió, nos llamó, nos hizo con un alma grande con un espíritu que necesita llegar hasta él. No nos dijo que esto de ser cristiano en un mundo contrario sea fácil. Si nos dijo que vale la pena, porque si estamos unidos al amor, estamos unidos a Él y Él, triunfa.



Buena jornada para todos. Cumplir la ley, es tratar de amar cada día a todos, dándole a Dios el lugar que le corresponde en nuestra vida.

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